La suba de precios perdió algo de ritmo en abril, pero el dato convive con una realidad preocupante: una mayoría de familias sigue sin poder afrontar la canasta básica alimentaria con sus propios ingresos.

Menos inflación, pero sin alivio en la mesa
De acuerdo con un trabajo reciente del IETSE, la desaceleración de la inflación en abril no se tradujo en una mejora efectiva en la vida cotidiana. Más de la mitad de los hogares relevados declaró que no logró cubrir la canasta básica de alimentos, incluso ajustando otros gastos.
El informe muestra que la caída en el ritmo de aumentos no alcanza para recomponer el poder de compra de los salarios, jubilaciones y ayudas sociales. Las familias destinan una porción cada vez mayor de sus ingresos a la comida, lo que deja poco margen para afrontar alquileres, servicios y transporte.
Según el relevamiento, entre quienes sí consiguieron pagar la canasta alimentaria, el 71,4% necesitó asistencia estatal. Es decir, la mayoría llegó a cubrir el gasto en alimentos gracias a programas de ayuda, transferencias directas o refuerzos focalizados.
El rol de la asistencia estatal
La investigación del IETSE subraya que la intervención del Estado se volvió un factor clave para sostener el consumo básico de comida. Sin esos recursos adicionales, una porción importante de los hogares hubiera quedado por debajo de la línea de indigencia.
Los datos relevan además que las políticas de apoyo se concentran en familias con niñas, niños y adolescentes, y en sectores con empleos precarios o ingresos inestables. El acceso a alimentos frescos, lácteos y proteínas aparece como uno de los puntos más críticos del presupuesto mensual.
Frente a este cuadro, el estudio advierte que una reducción abrupta de la asistencia podría agravar la inseguridad alimentaria y profundizar las brechas entre los distintos estratos sociales. La desaceleración inflacionaria, sostienen, necesita ir acompañada por una recuperación real de los ingresos.
Inflación, salarios y consumo
El trabajo del IETSE se suma a otros informes privados y oficiales que marcan la tensión entre inflación en baja y consumo retraído. Mientras los precios dejan de subir al ritmo de meses anteriores, la pérdida acumulada del poder adquisitivo sigue condicionando el día a día de los hogares.
En ese contexto, especialistas consultados por el instituto remarcan que la clave pasa por recomponer salarios, jubilaciones y programas sociales por encima de la inflación, y por sostener redes de contención que garanticen el acceso a una alimentación adecuada.
El informe también señala que las familias adoptan distintas estrategias para llegar a fin de mes: desde reemplazar productos de mayor calidad por segundas marcas, hasta reducir la cantidad de comidas con carne o lácteos, o recurrir con más frecuencia a comedores comunitarios.
Con este escenario, la discusión sobre el rumbo de la política económica y social vuelve a poner en el centro la pregunta por el modelo de crecimiento y la distribución del ingreso, y qué lugar ocupa la canasta alimentaria como referencia del bienestar mínimo.





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