En el corazón de Nepal, el desastre humanitario persiste: a casi un mes del alud que desbordó el río Trishuli, miles de personas siguen sepultadas bajo el lodo y los escombros, mientras el olor de la muerte lo impregna todo.

El desastre en Nepal dejó una herida abierta en el valle del río Trishuli. Las cifras oficiales hablan de al menos 5000 personas desaparecidas que seguirían atrapadas bajo el barro, en el corazón de la zona más castigada por el alud.
Una cronista de LA NACION viajó hasta el epicentro del desastre y describió el impacto como un cachetazo de horror. El paisaje está dominado por montañas de lodo endurecido, casas arrasadas y un silencio que solo se rompe por las tareas de rescate.
A pesar del paso de las semanas, el olor penetrante de la descomposición revela la presencia de cuerpos aún no recuperados. Los equipos locales trabajan con recursos limitados y avanzan a un ritmo desesperadamente lento frente a la magnitud de la tragedia.
Familias enteras se aferran a la esperanza de hallar a sus seres queridos. Muchas personas permanecen al borde del barro, marcando con palos y telas los sitios donde creen que estaban sus casas cuando el río Trishuli se desbordó y arrasó con todo a su paso.
El día después del alud
En los campamentos improvisados se mezclan el duelo y la supervivencia. Falta agua potable, hay riesgo de enfermedades y la ayuda internacional llega de manera intermitente. El desastre en Nepal ya no es tapa en el mundo, pero para quienes lo viven, el horror sigue siendo cotidiano.





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