Nota de opinión por Sebastián Horacio Trovato.

En Argentina, los siniestros viales siguen siendo una de las principales causas de muerte y lesiones graves, pero reducir esta problemática a una estadística es una forma de invisibilizar su verdadero alcance. Detrás de cada choque hay una historia que se quiebra y un después que rara vez ocupa el centro del debate público. Porque el impacto no termina en la ruta ni en el momento del hecho: comienza allí una cadena de consecuencias humanas, sociales y económicas que se extiende en el tiempo y atraviesa a familias enteras.
La muerte es la expresión más extrema, pero no la única. Miles de personas sobreviven a siniestros viales con secuelas físicas y psicológicas permanentes, con incapacidades que modifican su autonomía, su proyecto de vida y su rol dentro de la familia. A eso se suman tratamientos prolongados, rehabilitaciones costosas, pérdida de ingresos y hogares que deben reorganizarse de un día para otro para sostener una nueva realidad impuesta por una decisión que, muchas veces, pudo haberse evitado.
El después silencioso: Dolor, pérdidas y economía quebrada
Cuando un siniestro vial ocurre, no solo se destruye un vehículo. Se rompe un equilibrio. Aparece el duelo, la angustia, la culpa y la incertidumbre. Aparecen familias que deben aprender a vivir con una ausencia o con una presencia distinta, marcada por la dependencia, el dolor crónico o las limitaciones. El daño emocional convive con el impacto económico: trabajos que se pierden, ingresos que desaparecen, gastos médicos que se acumulan y un sistema familiar que queda expuesto a una fragilidad que antes no existía.
Este después rara vez se ve en los titulares, pero es donde el siniestro se vuelve permanente. No es un hecho aislado: es un problema que se instala en la vida cotidiana y que demuestra que la seguridad vial no es solo una cuestión de tránsito, sino una problemática profunda de salud pública y de cuidado social.
El factor humano: Decisiones que dejan marcas irreversibles
En la mayoría de los siniestros viales no falla la tecnología ni la infraestructura: falla la conducta. Exceso de velocidad, alcohol al volante, distracciones, uso del celular, imprudencia. Conductas naturalizadas que se repiten bajo la falsa idea de control y que terminan generando consecuencias irreversibles. El llamado “error humano” no es azar ni destino; es el resultado de decisiones tomadas en segundos que pueden marcar una vida para siempre.
Conducir implica mucho más que saber manejar. Implica comprender que cada acción tiene un impacto que excede a quien está detrás del volante. Implica asumir que en la vía pública convivimos con otros, con sus tiempos, sus vulnerabilidades y sus derechos, y que nadie elige ser víctima de la imprudencia ajena.
Empatía y conciencia: El verdadero cambio posible
Tal vez el verdadero cambio empiece cuando dejamos de pensar el tránsito desde la urgencia personal y comenzamos a mirarlo desde la empatía. Desde el lugar de quien espera a alguien que no vuelve, de quien sobrevive con una discapacidad, de quien pierde su sustento o de quien carga con un dolor que no prescribe. Cuidar la vida no es un eslogan: es una decisión diaria que se toma al respetar normas básicas, al postergar un apuro, al elegir no conducir alcoholizado, al entender que llegar más tarde siempre es mejor que no llegar.
Hablar de siniestros viales es hablar de humanidad, de responsabilidad y de respeto por la vida propia y ajena. Porque cada tragedia evitable nos interpela como sociedad y porque el después de un siniestro duele demasiado como para seguir mirando hacia otro lado.
¿Qué hacemos como sociedad cuando sabemos las normas, pero elegimos
no cumplirlas?
Vivimos en una sociedad donde las reglas son conocidas, pero sistemáticamente vulneradas; donde la anomia se vuelve costumbre y la negligencia se disfraza de viveza o apuro. En el tránsito (como en tantos otros ámbitos) no falta información ni leyes: falta conciencia colectiva y responsabilidad individual. El problema no es la ausencia de normas, sino la decisión cotidiana de ignorarlas aun sabiendo que su incumplimiento puede costar vidas.
Frente a esta realidad, la respuesta no puede limitarse al castigo ni a la sanción posterior, porque el daño ya está hecho. La salida posible exige un cambio cultural profundo, basado en la empatía, la educación y el ejemplo.
Respetar una norma no debería ser un acto excepcional ni una imposición externa, sino una expresión mínima de cuidado hacia el otro. Mientras sigamos naturalizando la transgresión y minimizando
sus consecuencias, seguiremos reproduciendo una violencia silenciosa que se cobra vidas en la calle.
Reconstruir el respeto por las normas es, en definitiva, reconstruir el valor de la vida en comunidad.



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