Una familia de Rosario lleva un mes viviendo a la intemperie frente a la Maternidad Martin, luego de quedarse sin trabajo y no poder sostener el alquiler. Bajo un jacarandá, intentan organizar una rutina mínima para atravesar días y noches marcados por el frío, la inseguridad y la incertidumbre.

Imagen: Rosario3
Adrián, su esposa, su hijo de 15 años y su padre de 70 duermen desde el 10 de abril en una plaza frente a la Maternidad Martin. La familia perdió sus empleos, no pudo seguir pagando el alquiler y terminó en situación de calle, instalando colchones, mantas y algunas pertenencias bajo un jacarandá que hoy describen como “nuestro techo”.
La escena se repite cada noche: se turnan para dormir, atentos a cualquier movimiento, cuidando las pocas cosas que les quedan y tratando de proteger, sobre todo, al adolescente y al abuelo. El miedo a robos o agresiones obliga a la familia a mantenerse en estado de alerta, incluso cuando el cansancio físico y emocional es evidente.
La permanencia en la plaza expone también otra cara del problema: las dificultades para higienizarse, alimentarse con regularidad y resguardarse de las bajas temperaturas. La falta de un baño, una ducha o una cocina complica cuestiones mínimas de la vida cotidiana, mientras el paso del tiempo vuelve más dura la adaptación a la calle.
De la pérdida del empleo a la calle
Según relatan, la caída en sus ingresos fue paulatina pero constante. Primero llegaron los atrasos en el pago del alquiler y los servicios, luego los avisos del propietario y, finalmente, el desalojo. Sin una red de contención económica ni un nuevo trabajo, la plaza apareció como la única alternativa inmediata para no quedarse literalmente a la deriva.
La historia de esta familia rosarina refleja el impacto de la pérdida del empleo y la fragilidad de muchos hogares que destinan casi todo a pagar el techo. Un imprevisto, un despido o una baja en los ingresos puede significar, como en este caso, el salto abrupto desde una vivienda alquilada a la calle, sin escalas.
Mientras buscan alguna salida laboral y asistencia estable, el jacarandá se convirtió en símbolo de refugio y de límite. Es el lugar donde comen, descansan y organizan el día, pero también el recordatorio permanente de que hoy su hogar es un espacio público, a cielo abierto, en una ciudad que los ve pasar entre la rutina y la indiferencia.
La situación abre interrogantes sobre el alcance de las políticas de vivienda y los dispositivos de asistencia para familias que, como la de Adrián, se ven empujadas a la calle tras una sucesión de problemas económicos. Cada jornada que pasa sin una solución los aleja más de la posibilidad de retomar una vida bajo un techo digno.





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