Europa atraviesa veranos cada vez más extremos: el aumento de la temperatura potencia incendios forestales que se vuelven más frecuentes, más largos y difíciles de controlar.

Desde la década de 1980, la temperatura en Europa sube a un ritmo cercano al doble del promedio mundial. Ese calentamiento transforma al continente en un blanco vulnerable para los grandes fuegos.
Cada verano se repite el mismo escenario: olas de calor prolongadas, suelos resecos y vientos intensos que disparan focos ígneos en cuestión de minutos. Cuando el fuego avanza sobre áreas rurales y turísticas, las tareas de evacuación se vuelven urgentes.
En la última década, estos incendios forestales dejaron cientos de muertos, miles de evacuados y poblaciones enteras afectadas por el humo. Las zonas mediterráneas, con Grecia, España, Portugal e Italia a la cabeza, figuran entre las más golpeadas.
Calor extremo y riesgo creciente
El aumento sostenido de la temperatura prolonga la temporada de incendios y adelanta su inicio. Los especialistas advierten que los veranos son más calurosos y secos, lo que convierte a los bosques en material inflamable.
Ante este panorama, los países europeos refuerzan sus sistemas de alerta temprana, brigadas y aviones hidrantes. Sin embargo, el desafío es estructural: reducir emisiones, adaptar territorios y preparar a las comunidades para convivir con un riesgo que ya es parte del mapa climático del continente.




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