Cada 14 de octubre nos convoca a reflexionar sobre la solidaridad de la Donación de Órganos, porque detrás de los números fríos de las estadísticas hay miradas que vuelven a brillar.
Hay dolores que paralizan el tiempo y esperanzas que, contra todo pronóstico, logran abrirse paso. El 14 de octubre, Día Mundial de la Donación de Órganos y Trasplantes, no es solo una fecha en el calendario para repasar estadísticas: es el recordatorio más genuino de que el amor humano puede trascender el dolor y convertirse en vida.
En la Argentina, este puente invisible entre la pérdida y la oportunidad es coordinado por el INCUCAI a nivel nacional, y sostenido en el territorio provincial por el CUDAIO en Santa Fe. Las cifras oficiales marcan un pulso vital: en lo que va del año se concretaron 1.742 trasplantes de órganos gracias al compromiso de 796 donantes, además de más de 4.200 trasplantes de tejidos.
Por su parte, la provincia de Santa Fe se destaca como la segunda provincia con mayor cantidad de donaciones del país, alcanzando los 98 procesos en lo que va del año e igualando marcas históricas gracias a una red sanitaria que no baja los brazos. Pero para entender el verdadero peso de estos datos, hay que ponerles nombres y rostros. Y porqué no, lágrimas de felicidad, como las de la Marina, la mamá de Hilario.
Una historia de esperanza contada en primera persona
A veces, la dimensión exacta de un trasplante se comprende escuchando las historias y en este caso vamos a conocer la experiencia de una madre que volvió a ver la luz y que en confianza asegura: "Verlo vivir me llena el alma". Hilario fue trasplantado hace siete meses y en el Día Mundial de la Donación de Órganos, su mamá recuerda los días oscuros, las alarmas constantes, el catéter y la diálisis que marcaban el compás de una vida en pausa. Hoy, la realidad es otra.
"No puedo evitar no emocionarme al verlo ahí", relata con el corazón en la boca. "Verlo dormir sin la maquinaria de diálisis, sin las alarmas... Su cuerpo está mucho mejor, le crece el pelo, las uñas, cambió el color de su piel. No puedo creer verlo andar en bicicleta, compartir cosas que antes no podíamos". El testimonio conmueve porque desarma cualquier tecnicismo. Un órgano donado no es solo una pieza biológica: es una bicicleta que vuelve a rodar, es un color de piel que revive, es una infancia que recupera su cauce natural.
"Si bien seguimos con cuidados y nos seguimos pegando sustos, hay cosas que me está regalando la vida y que me hacen inmensamente feliz. Donar órganos es el acto de amor más grande del mundo. Yo ya no le puedo pedir más a esta vida, esto para mí es tocar el cielo con las manos", asegura Marina desde la intimidad de su auto mientras observa entre lágrimas a su hijo quien hoy comenzó clases de equitación.
Un legado que se transforma en ley y en esperanza
Historias como la de Hilario son posibles gracias a una sociedad que avanza hacia la empatía colectiva y a un marco legal sólido como la Ley 27.447 (Ley Justina), sancionada en 2018. La misma, consagra que todos los mayores de 18 años somos donantes salvo manifestación en contrario. Sin embargo, la decisión y el diálogo familiar siguen siendo fundamentales para acompañar el dolor de la pérdida y transformarlo en el regalo más grande del mundo.
Detrás de cada niño, adolescente y adulto en lista de espera hay una lucha diaria, una perseverancia infinita y una familia aferrada al milagro de la llamada telefónica que lo cambia todo. Es por eso que en este 14 de octubre, las palabras de una madre resuenan como un mandato de amor universal: "Donen órganos y salven vidas" porque cuando alguien decide donar, la muerte deja de tener la última palabra para convertirse en el principio de otra historia.
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