La expansión de las tecnologías digitales reconfiguró el modo en que niños y adolescentes se vinculan, juegan y aprenden. Frente a este escenario, especialistas, familias y docentes coinciden en que el desafío no pasa por prohibir las pantallas, sino por asumir “crianzas digitales” que orienten esos usos cotidianos.

Del miedo a la “deshumanización” a una presencia adulta activa
En un encuentro que reunió a especialistas, madres, padres y docentes, se analizó el impacto de las pantallas en la vida cotidiana de chicas y chicos. Lejos de posturas alarmistas, la conclusión compartida fue que las tecnologías no deben ser vistas sólo como amenaza, sino como un entorno que requiere acompañamiento, límites claros y diálogo permanente.
Los participantes advirtieron sobre el riesgo de hablar de una supuesta “deshumanización” ligada al uso de dispositivos. Señalaron que reducir el debate a esa idea deja afuera dimensiones centrales: cómo se construyen los vínculos, qué lugar ocupa el juego, de qué manera se organizan los tiempos de descanso y estudio, y qué modelos de consumo se promueven.
El consenso principal fue que no se trata de demonizar celulares, tablets o computadoras, sino de reconocer que las pantallas son parte del ambiente donde crecen niñas, niños y adolescentes. Como toda “nueva calle”, ese territorio exige presencia adulta, reglas compartidas y espacios de conversación sobre lo que allí sucede, formulando un concepto de “crianzas digitales”.
La “nueva calle”: acuerdos, límites y cuidado
Durante la jornada se destacó que, así como las familias no dejarían a un chico solo en la calle sin explicarle riesgos y cuidados básicos, tampoco es recomendable habilitar un uso irrestricto de la tecnología sin orientaciones previas. El foco está en construir acuerdos de uso más que en imponer prohibiciones tajantes.
Entre los puntos señalados aparecieron la necesidad de definir horarios de conexión, generar espacios libres de pantallas —por ejemplo, las comidas o momentos antes de dormir— y revisar qué contenidos consumen los más chicos. También se puso el acento en el ejemplo que dan los propios adultos en su vínculo con el celular y las redes sociales.
Docentes y familias remarcaron que la conversación intergeneracional es clave para evitar tanto la sobreexposición como el aislamiento. Escuchar qué hacen chicos y chicas en línea, qué juegos o plataformas usan y con quiénes interactúan permite intervenir a tiempo ante situaciones de violencia, acoso o consumo problemático de contenidos.
El rol de la escuela y la familia en la alfabetización digital
En el intercambio se subrayó que la alfabetización digital no es sólo aprender a manejar dispositivos, sino comprender qué huella dejamos en internet, cómo cuidar los datos personales y de qué manera distinguir información confiable de mensajes falsos o engañosos.
Los especialistas plantearon que la escuela puede ofrecer herramientas para pensar críticamente los mensajes que circulan en redes, mientras que la familia aporta contención afectiva y criterios de cuidado cotidianos. El trabajo conjunto entre ambos espacios aparece como condición necesaria para abordar estos desafíos.
La conclusión general fue que las pantallas son un elemento central de la vida actual de niñas, niños y adolescentes. Por eso, más que temerle al cambio tecnológico, el reto es construir una presencia adulta sostenida, capaz de acompañar, escuchar y poner límites razonables en ese territorio que, cada vez más, comparten lo virtual y lo presencial.





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