El femicidio de Sophia Civarelli, la joven estudiante de Psicología de la Universidad Nacional de Rosario (UNR) asesinada por su novio y compañero de carrera, sacudió a toda la comunidad académica y abrió un debate urgente sobre la violencia machista y los dispositivos de cuidado dentro de las aulas.

El crimen, cometido en Rosario por su pareja y también estudiante de Psicología, expuso una trama de violencia de género naturalizada que excede el ámbito universitario, pero que en la Facultad de Psicología de la UNR se vive con especial crudeza por el rol que ocupan la formación, la escucha y el acompañamiento emocional.
Integrantes del centro de estudiantes, como Camila y Luisina, vienen señalando que el caso de Sophia no puede leerse como un hecho aislado, sino como el resultado de un sistema que tolera y reproduce el odio hacia las mujeres. Desde ese lugar, cuestionan cómo y hasta dónde las instituciones educativas logran detectar señales de alerta y acompañar a quienes atraviesan situaciones de violencia.
La Facultad bajo la lupa: espacios de escucha y límites
En la Facultad de Psicología existen espacios de escucha y contención impulsados por estudiantes y equipos docentes, pensados para que las y los alumnos puedan compartir experiencias personales, conflictos vinculares y malestares subjetivos. Sin embargo, el femicidio de Sophia abrió una pregunta incómoda: ¿alcanza con estos dispositivos tal como están planteados hoy?
Camila y Luisina describen que, en muchas cursadas, se generan instancias para hablar de violencias, género y vínculos, pero señalan que no siempre lo que se discute en el plano teórico se traduce en intervenciones concretas cuando se detectan situaciones de riesgo. En ese punto, apuntan a la necesidad de protocolos claros, equipos interdisciplinarios fortalecidos y canales de denuncia accesibles.
La comunidad universitaria, que todavía intenta asimilar el golpe, reclama que el dolor se transforme en acciones sostenidas. No solo en forma de declaraciones o jornadas de reflexión, sino también a través de decisiones institucionales que prioricen la prevención y el acompañamiento efectivo de estudiantes que sufren distintos tipos de violencias.
Violencia machista: de la teoría a la vida cotidiana
El caso de Sophia vuelve a poner en evidencia una contradicción que atraviesa a muchas carreras de ciencias sociales y de la salud: se analizan los discursos de odio, el patriarcado y la violencia simbólica en el plano académico, pero al mismo tiempo esos mismos fenómenos se reproducen en los pasillos, en las parejas de estudiantes y en las dinámicas cotidianas.
Desde el centro de estudiantes sostienen que la violencia de género sigue siendo, en gran medida, naturalizada. Comentarios machistas, celos posesivos, control en redes sociales y descalificaciones aparecen muchas veces desdibujados como problemas “de pareja” y no como señales de alerta de un posible escalamiento hacia agresiones más graves.
En ese marco, plantean que el rol de la universidad debe ir más allá de formar profesionales con perspectiva de género. Proponen profundizar campañas de sensibilización, talleres obligatorios, espacios de acompañamiento psicológico gratuito y un trabajo coordinado con organizaciones feministas, para que cada estudiante sepa dónde acudir y qué recursos tiene a disposición.
El femicidio de Sophia Civarelli, ocurrido en Rosario, interpela no solo a la Facultad de Psicología de la UNR, sino a todo el sistema educativo y a la sociedad. La discusión que se abre ahora es cómo construir entornos verdaderamente cuidados, donde los vínculos violentos no sean minimizados y donde la comunidad universitaria tenga herramientas reales para prevenir nuevas tragedias.





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