Cada día, cientos de personas dejan Irán rumbo a Turquía, buscando alejarse de los ataques y de un clima político asfixiante que, según denuncian, ya no distingue entre objetivos militares y civiles.

Un tren expreso procedente de Teherán llega a la estación de Van, en el este de Turquía, con horas de demora y un cargamento silencioso de historias de miedo. Tras más de 24 horas de viaje por el norte de Irán, los 280 pasajeros descienden con ojeras marcadas y valijas pesadas, dejando atrás un país sacudido por protestas, represión y bombardeos.
En las escaleras de la estación se amontonan taxistas que mezclan palabras en turco, persa y kurdo para captar clientes. Ofrecen traslados al centro de la ciudad o directamente al aeropuerto, puerta de salida hacia Estambul y otros destinos de Europa. Para muchos, Van es apenas una escala en una huida que no tiene fecha de regreso.
Entre los recién llegados, una joven de poco más de 20 años resume el clima general. No quiere revelar su nombre por temor a represalias del régimen iraní, el mismo que hace poco más de dos meses reprimió con dureza las manifestaciones masivas en distintas ciudades del país.
“Es aterrador lo que está pasando. Querríamos que se fueran los mulás, pero no estoy segura de que así vaya a pasar”, confiesa, mientras cuenta que todavía le quedan vuelos a Estambul y luego a Alemania.
La joven rechaza tanto al régimen iraní como a los bombardeos lanzados por Estados Unidos e Israel sobre el territorio de su país. Según denuncia, los ataques ya no se limitan a instalaciones militares: “Están alcanzando objetivos no militares”, asegura, en línea con lo que repiten muchas de las personas que se agolpan en el andén.
Un éxodo silencioso y temeroso
El tren que une Teherán con Van se transformó en una de las vías de escape más utilizadas por quienes pueden costear el pasaje. El viaje, largo y cansador, combina vagones repletos, controles y una sensación constante de incertidumbre sobre lo que ocurre en casa y lo que espera al cruzar la frontera.
Muchos de los pasajeros llegan sin certezas sobre su situación migratoria futura, pero con una convicción clara: salir de Irán es, hoy, una medida de protección para ellos y sus familias. La represión a las protestas y el temor a nuevos ataques alimentan una corriente migratoria que crece en silencio.
Mientras las potencias se disputan el tablero geopolítico en Medio Oriente, en los vagones del tren y en los andenes de Van se acumulan las consecuencias humanas del conflicto. Son jóvenes, familias y personas mayores que intentan recomenzar lejos de un territorio donde, denuncian, ya no se sienten a salvo.





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