Una semana muy “De acá”

Por Ricardo Luque

¿Qué les voy a decir que no sepan? Todo. O mejor, mucho más de lo que se imaginan. Terminó la primera semana de “De acá” y llegó la hora de contar lo que quieren saber, lo que me preguntan, lo que ni se imaginan, pero pasó y aunque Gonza (1) no quiera no voy a callar. Yo soy yo y no puedo evitarlo. Ustedes me conocen, los memoriosos, los que esperaban el diario los domingos para leer El Cazador Oculto, una odisea hoy imposible en el mundo de la cancelación y los medios tarifados, o se quedaban hasta tarde ver al Dream Team de Medianoche en la pantalla de Canal 5 en medio del terror apocalíptico del 2001. No era ciencia ficción, no, para nada; eran cacerolazos, angustia, incertidumbre, nervios, la vida misma de cualquier argento que nació acá y sobrevivió para contarlo.

Pero mi historia no viene a cuento, sí, la de esta locura que Gonza, sí, Gonza de Rosario la Ciudad, empezó como un sueño y el lunes pasado nos sacó de la modorra mañanera hecho realidad.

Primera reunión de producción, unos pocos días del debut: me recibe un tal Ezequiel, un chico joven, entusiasta, pero sospechosamente serio. Me entero que su apellido es Townsend, cuando me lo dice, en un rápido intercambio de mensajitos de WhatsApp, lo imagino alto, flaco, desgarbado y rompiendo una guitarra eléctrica contra el piso cuando nosotros no teníamos ni un miserable amplificador. Nada que ver. No importa. Aunque todos los llaman “Eze”, yo le digo Pete y a él le gusta, conoce al violero de The Who (2), un punto a favor para el pibe, de 23 años. Una señal de que nos vamos a entender.

Ricado Luque, Antonella, Gonzalo, Sofía.

Me dice: “¿Usted trabajaba en La Capital?”. No sé por qué en Rosario la Ciudad todos me tratan de usted y me fastidia. Me siento cuando a las chicas de esa propaganda de tintura para el pelo le dicen “señora”, ¿se acuerdan?. Le respondo que sí y él, orgulloso, buscando una complicidad innecesaria, me cuenta que conoce a Mario Candioti. “Marito”, pienso, y como para decir algo le digo que con él, con Mario, nos conocimos en el diario Democracia y después volvimos a trabajar juntos en La Capital. “Y vos de dónde lo conocés a Mario”, le pregunto mientras hago las cuentas y los números no me dan. “Estudié con Dany”, me responde y me caigo y me levanto: “Dany, la hija de Marito, ¡la tuve en brazos!”, pienso y me muerdo los labios para no decirlo: “¡Qué viejo estoy”.

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Tres días después, suena el despertador, cuánto hacía que no sonaba el despertador, hasta él está sorprendido, desconcertado, me mira con cara de ¿qué está pasando acá? y espera con resignación a que abra los ojos, a que reaccione, a que estire el brazo y con un golpe preciso con la palma de la mano lo apague.

Hace años que dejé de usar la alarma del celular para despertarme, desde aquella vez que casi pierdo un vuelo porque en el ajetreo de preparar la valija, ordenar los documentos, revisar todo, hasta abajo de la cama, para no olvidarme nada me olvidé, querido Freud cuánta razón tenías, de enchufar el cargador y el celu que tenía la batería agonizante se apagó en medio de la noche y nada ni nadie me arrancó del sueño, ni los fantasmas del pasado, a la hora señalada y tuve que salir a los apurones, correr por los pasillos del aeropuerto y encomendarme al cielo para llegar a la puerta de embarque antes de que se cierre la puerta del avión, algo que si sucede no tiene marcha atrás. Nunca. Jamás.

Pero esa es otra historia, vieja, esta es la nueva, la del primer programa de De Acá.

Giselle

Llegué a horario, en realidad, fiel a mi costumbre o debería decir a mi toc mucho antes de lo que debería. Esta vez me recibió Gise, la chica del tiempo, que aunque usted no lo crea, por fanático que Gonza sea de Rosario la Ciudad no es de acá, es de La Rioja. Y habla de usted, al menos a mí me habla de usted, espero que no sea por lo que se imaginan. No sé por qué lo hace, pero me fastidia, como cuando en el bondi, lleno hasta las tapas, me piden: “Me toca el timbre, señor”, y lo hago, lo hago venciendo mis impulsos más oscuros, porque lo que realmente tengo ganas de hacer es responderle: “¿Por qué no lo tocás vos, pelado o narigón o gorda o chueca?”. No lo hago porque no se habla de los cuerpos de los otros y porque tampoco es para tanto, pero me incomoda, debo confesarlo.

Mientras esperaba que se hiciera la magia, sumido en profundas cavilaciones —ya sentadito en mi lugar en el estudio me di cuenta que no había planchado la remera que me puse para el debut, negra, con una estampa amarilla con el nombre de uno de mis escritores favoritos, David Foster Wallace, y me pregunté “¿se notará al aire?” y entré en pánico—, un torbellino de periodistas, técnicos, amigos, vecinos, chicos, grandes y hasta una señora muy aseñorada que iba y venía con un lampazo, un balde y guantes de goma amarillos en las manos daban vueltas a mi alrededor como una calesita desbocada y sentí un mareo.

“¿Estás bien?”, me preguntó preocupado, pero sin perder la sonrisa de oreja a oreja que tiene siempre, pase lo que pase, consiga la nota de su vida o se quedé sin batería en el celu en medio de una salida desde el Monumento, Santi Vanpoeke, el movilero estrella del programa que llegó sin que me diera cuenta y, con ese olfato que caracteriza a los periodistas de calle, se dio cuenta al toque que me pasaba algo y que no era nada bueno. “Sí, sí, creo que ayer comí algo que me cayó mal”, le mentí y traté de disimular mis nervios con un gesto de aplomo claramente forzado.

Pero si yo estaba atribulado ni se imaginan cómo estaba Antonella “Doble L”, que se vendió como la locutora más experimentada del planeta Tierra, todo terreno, fuerte, combativa, imperturbable, parecía un osito de peluche con Gripe A, temblorosa, huidiza, muda, y lo más preocupante, con la peluca en cumbia, señal inequívoca que, aunque seas la Reina del Ácido (N de la R para los millennials: Tina Turner en la ópera rock Tommy de los Who, sí, la banda de Pete Townsend, el verdadero, no el nuestro, el Eze, el de cabotaje), estás hasta las manos.

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Anto, así la llaman todos, así la llamo yo también ahora que lo sé, es la tercera en discordia. No se levanta de buen humor, creo que prefiere las tardes a las mañanas, sus fotos en Radiofónica —su otro trabajo, el vespertino—, que postea orgullosa en Instagram, son brillantes, dicharacheras, festivas, gracias a ellas le conocí la sonrisa, algo que con nosotros, los mañaneros, es ausencia, que como esas cosas que nos faltan, al buen saber y entender del buen Mario Benedetti, son vacío, desolación, insomnio, cielo raso, telaraña (no le hará falta a este buen hombre un plumero, una señora que lo ayude a hacer una limpieza a fondo del dormitorio), almas en pena, almas en gloria. Que se yo.

Creo, aclaro que este dato no está chequeado, que hasta que no pasa el mediodía a Anto no le sonríe a la vida, aunque quizás sea al revés, o seguro que es al revés, eso sí está chequeado, hasta pasado el mediodía Anto no le sonríe a la vida.

Con la visita de Daniel Balmaceda

Para muestra basta un botón, me enseñó sabia la abuela María, la mía, no la de Gonza que se llama igual a la mía. Cuarto programa, jueves, finalmente más relajada Anto se la juega, se saca la camisa leñadora y luce una remera negra ajustada al cuerpo como una segunda piel. La elección no es inocente. Insisto, es jueves, la previa del fin de semana, siente que debe dejar un mensaje a sus fans, más en este momento crucial de sus vidas. La remera, negra como la noche, luce una leyenda grandes letras blancas: “Don’t text your ex”. No hace falta haber ido a la Cultural o a Aricana para entenderla. Todos lo hicimos alguna vez, todos nos equivocamos, todos volveremos a hacerlo, mal que le pese a la Anto evangelizadora.

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La luce desafiante ante Daniel Balmaceda, el historiador, que ese jueves nos visitó para presentar su última novela, Un Crimen de Año Nuevo, y da un respingo cuando le apunto, no sin cierta malicia, si leyó la remera de Anto. “No, ¿qué dice?”, me pregunta haciéndose el distraído, todos leímos la remera de Anto y todos nos acordamos de la noche que copeteados mandamos ese mensajito de WhatslApp del que nos arrepentiremos toda la vida. Le tiro un salvavidas: “¿Belgrano y San Martín, tenían onda?”, le pregunto y una exclamación reprobatoria atraviesa el estudio. Me obligan a hacer una aclaración innecesaria: “Me refiero a si se llevaban bien, a cómo era su relación”, explico lo inexplicable.

Él cuenta lo suyo, su parte de noche, el enojo de San Martín con Dorrego porque osó bulinear a Belgrano en una reunión de altos mandos del Ejército, las cartas que intercambiaron antes de conocerse los dos próceres máximos de la Historia Argentina y desliza como quien no quiere la cosa que la posta dónde todos dicen que se encontraron por primera vez no es la que dicen los libros con los que estudiamos en la secundaria sino otra, yo, pienso, no me acuerdo ni de una ni de la otra. No creo que la Manon —Tavernier, mi profe de historia en el Poli— nos haya hablado de eso, a ella le gustaba explicar la historia con cuadros sinópticos de causas y consecuencias, nada de chismes, amoríos, rencillas, el chimichurri que condimenta y muchas veces explica el turbulento pasado de la Patria.

Gonza aprovecha para preguntar sobre lo único que parece es lo que más le interesa del mundo: el dulce de leche. Lo digo porque si hubo un momento en el que lo vi feliz, relajado, alegre en la primera semana de De Acá fue cuando llegó la bolsa de Tina, sacó una caja gigante de alfajores Fantoche Elixir, los nuevos, los bajoneros, y después de partirlo al medio y mostrar a cámara el manjar que tenía entre sus dedos comió la mitad de un bocado como hacía Tinelli en los buenos tiempos de “ShowMatch”, hoy lejanos y seguramente irrepetibles, La televisión ya no es lo que era, la que va ahora es el streaming, Está claro. Clarísimo.

Balmaceda revela la verdad, no la de la milanesa, la del dulce de leche, que parece que no es argentino ni nada que se le parezca, peor, que nos llegó de última, después de dar la vuelta al mundo, pero que nosotros nos lo apropiamos y lo llevamos como bandera de la argentinidad al palo, como la birome y el colectivo, que esos sí son nuestros, sin discusión. Al Gonza casi se le pianta un lagrimón, pero lo supera y le entra a un Fantoche con la voracidad de un náufrago que no tuvo la suerte de tener de Wilson (3) la compañía desierta, como Tom Hanks.

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Día 3: llega el Pájaro Gómez, el líder de Vilma Palma, lo esperamos desde siempre, él no lo sabe pero es la razón de todo o casi todo, no quiero que piensen que exagero, hay cosas, debo admitirlo, en las que no tuvo nada que ver, aunque no sé, “La pachanga” (3), “Auto rojo” son la banda de sonido de la fiesta de los 90, pizza con champagne, Tinelli, el Diego XXXL, los viajes por el mundo, el uno a uno, la cuenta más cara que facturamos y que, aunque Winston Churchill ni se haya enterado, todavía estamos pagando con sangre sudor y lágrimas. Carnaval carioca, Vilma Palma, y los pibes a la pista como moscas al dulce de leche.

Sweater, pantalones y calzado negros, RayBan clipper, peinado de peluquería. Luce robusto, trabado le dicen en la jerga de los gimnasios, se ve que sigue firme su rutina de fuerza. Lo noto reticente, contenido, desconfiado. Se sienta lo más lejos posible mío, en el extremo opuesto de la mesa, las piernas cruzas, las manos tensas, el rostro hierático. Gonza le cuenta por qué lo invitó: el primer mensaje al WhatsApp de la 97.3 i “un tema de VIlma Palma, cualquiera, uno movidito”. Lo ponen al aire, el Pájaro lo escucha sorprendido, se distiende. Agradece al oyente, se acerca al mic y dispara su clásico “uauuuuuu, uauuuuuuuu”, fuerte, profundo, el coro emerge desde el fondo de su corazón, canta “La pachanga” a capella. Nos deja de una pieza. Nadie lo esperaba. Nadie esperaba tanto.

Visita del “Pájaro” Gómez

No se saca los lentes en toda la nota, y eso que fue larga, la más larga del mundo, creo yo, aunque capaz que exagero. “Desde que se fue de La Capital rejuveneció 20 años”, le comenta cómplice a Gonza cuando me sacó la camisa y ve que llevo puesta una camiseta de los estudios Universal con un dibujito de un carrito de montaña rusa con dos figuritas —como los negritos de Sugus—. “Lo rescaté de la jubilación y está como chico con juguete nuevo, insoportable…”, le sigue el juego Gonza y se ríen a carcajadas, Anto también y Pete y los técnicos, capaz que alguno en casa también, vaya uno a saber. Es así, qué le vamos a hacer, nunca es triste la verdad lo que no tiene es remedio.

“Se la cobró”, pienso y no me equivoco ni un poquito. Está hablando de bueyes perdidos y de una se da vuelta, me mira a los ojos —al menos eso intuyo, sigue con los RayBan oscuros clavados en la nariz—, me señala con el dedo y me recuerda que escribí una nota en la que los castigaba, a los Vilma Palma, por un show en Contrabando, el boliche que estaba en la bajada Sargento Cabral. No me acuerdo, me muerdo los labios para no decírselo. Me cita una frase de la nota, textual, con pelos y señales, como dicen por ahí, desafiante. Está claro que no le gustó lo que escribí y no recuerdo. “¿Cuándo fue eso?”, le pregunto. “En 1992”, me responde sin titubear. “¡Prescribió!”, me río fuerte, todos nos reímos fuerte. Qué linda nota, pienso, qué linda nota, dice Gonza cuando ya escuchamos los pasos apurados del Pájaro que baja las escaleras yéndose vaya uno a saber dónde.

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Miro el monitor, que le Día 1 estaba en el piso, apoyado contra el control, y ahora cuelga del techo justo donde debe estar. Veo a un maestro que un momento atrás le confesaba a Santi que es la primera vez que viene a Rosario, que le encanta la ciudad y que el Monumento es más imponente de lo que esperaba corriendo desesperado porque los alumnos se fueron; veo a un muchacho rubio, atlético, serio que habla bajito pero seguro y me entero que es el dueño de un café rosarino que logró un envidiable reconocimiento mundial, me entero que es un barista y me entero también que el muchacho, el dueño del bar premiado, ni loco va a organizar una de esas raves sin alcohol y música electrónica donde sirven café de especialidad y se viralizan en redes sociales; veo a otro muchacho, éste me resulta familiar, lo he visto antes, pienso, vestido con un poncho rojo y un sombrero de ala ancha igual al de Juan Valdés, me pregunto si los chicos que trabajan conmigo en el streaming, Gonza, Anto, Sofi, que se sumó a último momento, faltó dos días y la rompe toda, Pete (Eze), Santi, Gise tendrán idea quién es y como no quiero quedar en ridículo no digo lo que pienso, ni nombró a Juan Valdes.

Cuando miro las nuevas olas, pienso, yo ya soy parte del mar. Sonrío, pienso en Wilson —la pelota con pelos, no la pizzería—, en mi isla desierta, que hoy no está tan desierta. Pienso en lo que me dijo Pancho, Francisco Giunipero (5), que cuando se sacó de encima el peso del vivo me habla relajado y me dice: “Está bueno lo que están haciendo, me gustó y eso que me hiciste grabar un video en modo selfie, que lo odio”. Tiene los ojos brillosos, está apoyado contra la pared, en la sala de producción de Rosario la Ciudad Media, así se llama esto que acaba de empezar y ya me empieza a gustar y mucho.

  1. Gonzalo Álvarez Conde, influencer que se hizo viral en redes sociales con su cuenta Rosario la Ciudad, cerebro detrás del proyecto de De Acá.
  2. “I’m not trying to cause a big sensation, talkin’ ‘bout my generation”, canta Roger, Daltrey; la guitarra de Pete, Towsend, se desangra; The Who en vivo.
  3. “La pachanga” es el tema que lanzó a la fama a Vilma Palma E Vampiro, que lidera Mario “Pájaro Gómez”, un éxito que llevó al grupo al estrellato.
  4. Wilson es la pelota de vóley que se convierte en el único compañero de Tom Hanks cuando queda varado en una isla desierta en medio del mar.
  5. Francisco Giunipero es conductor y productor de radio y televisión, en su programa “Portadas” a la flor y nata de la fauna mediática rosarina.
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