En apenas una década, Rosario y la provincia de Santa Fe atraviesan una caída sostenida de la natalidad que ya se traduce en 10 mil nacimientos menos por año en relación con 2015, y abre interrogantes sobre su futuro social, educativo y productivo.

Los registros oficiales del sistema de salud provincial muestran que en el departamento Rosario se verifica un descenso continuo de la natalidad desde mediados de la década pasada. En comparación con 2015, hoy se anotan cerca de 10 mil nacimientos menos por año, una merma que también se replica en el resto de Santa Fe.
La caída no responde a un único factor. Especialistas señalan que se combinan cambios culturales, mayor acceso a métodos anticonceptivos, la postergación de la maternidad y un contexto económico que desalienta la decisión de agrandar la familia.
A nivel nacional se observa una tendencia similar desde hace al menos diez años, con menos nacimientos en casi todas las jurisdicciones. Santa Fe y, en particular, Rosario se ubican entre los distritos donde el fenómeno aparece de modo más marcado.
Impacto social, educativo y económico
Demógrafos y funcionarios advierten que esta baja sostenida tendrá efectos en diferentes planos. En lo inmediato, se proyecta una disminución de la matrícula escolar en jardines y escuelas primarias en los próximos años, con la necesidad de reordenar la oferta educativa.
En el mediano y largo plazo, una menor cantidad de nacimientos implica una población más envejecida, lo que puede tensionar los sistemas de jubilaciones, salud y cuidados. Menos jóvenes en edad activa significan menos aportes y mayor demanda de prestaciones para adultos mayores.
La estructura demográfica también condiciona la planificación urbana. Un escenario con menos chicos modifica la demanda de jardines, escuelas, espacios recreativos y servicios, mientras aumenta la necesidad de políticas para personas mayores, desde vivienda hasta transporte accesible.
Qué explican los especialistas
Entre los motivos de la caída en la natalidad, los equipos de salud pública destacan la expansión de los programas de salud sexual y reproductiva, que permitieron un uso más extendido de anticonceptivos y una reducción de embarazos no deseados, sobre todo en adolescentes.
A esto se suma la decisión de muchas parejas jóvenes de postergar la llegada del primer hijo, priorizando la formación profesional, la inestabilidad laboral y el encarecimiento del costo de vida. En ese contexto, tener menos hijos aparece como una forma de moderar gastos y riesgos.
Los especialistas coinciden en que la baja natalidad no es, por sí misma, un problema, pero remarcan la necesidad de anticipar políticas públicas para que los cambios en la pirámide poblacional no profundicen desigualdades ni sobrecarguen los sistemas de protección social.



Comentarios