El presidente de Paraguay, Santiago Peña, renunció en medio de la fuerte presión política desatada por el escándalo de Ueno Bank, que lo dejó sin respaldo dentro de su propio espacio.
La renuncia de Santiago Peña se produjo luego de días de máxima tensión institucional, con el Congreso paraguayo avanzando en la posibilidad de un juicio político por su vínculo con el escándalo financiero de Ueno Bank.
El propio partido de gobierno había habilitado el proceso, un gesto que dejó al mandatario prácticamente acorralado y sin margen de maniobra dentro de la coalición oficialista.
Frente a ese escenario, Peña optó por dar un paso al costado antes de enfrentar una destitución parlamentaria, en un movimiento que busca contener la crisis política y preservar al oficialismo de un desgaste mayor.
Según se confirmó, el cargo será asumido por el vicepresidente, que quedará al frente del Ejecutivo para completar el mandato, mientras el país intenta recuperar estabilidad tras el impacto del caso Ueno Bank en la confianza pública.
El escándalo, que salpicó a funcionarios y referentes del poder económico, abrió un debate interno sobre los controles al sistema financiero paraguayo y el alcance de las responsabilidades políticas.
Impacto regional y lectura política
La salida de Peña reconfigura el mapa político en Paraguay y se sigue con atención en la región, donde se observa cómo los casos de corrupción financiera pueden acelerar cambios de gobierno cuando se combinan con fracturas internas en los partidos tradicionales.
