Cada vez más argentinos reciben el diagnóstico de hígado graso y se preguntan si es posible revertirlo con cambios en la alimentación. La evidencia médica muestra que la dieta es una herramienta clave para mejorar el estado del hígado y prevenir complicaciones.

La importancia de la alimentación en el hígado graso
El hígado graso no alcohólico es hoy una de las enfermedades hepáticas más frecuentes en el mundo. Se asocia al sobrepeso, la obesidad, la diabetes tipo 2 y el sedentarismo. Los especialistas coinciden en que no existe un único alimento milagroso, pero sí patrones de alimentación que ayudan a revertirlo.
Uno de los modelos más estudiados es la dieta mediterránea, rica en vegetales, frutas, cereales integrales, legumbres, frutos secos y aceite de oliva como principal grasa. Este enfoque reduce la inflamación y mejora los niveles de grasa acumulada en el hígado.
El alimento clave: alimentos ricos en fibra
Más que buscar un solo producto, hepatólogos y nutricionistas destacan a los alimentos con alto contenido de fibra como aliados centrales. La fibra ayuda a controlar la glucemia, mejora el perfil de grasas en sangre y favorece el descenso de peso, todos factores decisivos para el hígado graso.
Entre los alimentos más recomendados se encuentran:
- Avena: aporta fibra soluble que ayuda a reducir el colesterol y mejora la saciedad.
- Legumbres (lentejas, garbanzos, porotos): combinan fibra con proteínas vegetales.
- Frutas enteras (manzana, pera, cítricos): mejor crudas y con cáscara cuando sea posible.
- Verduras de hoja (acelga, espinaca, rúcula): muy bajas en calorías y ricas en antioxidantes.
- Cereales integrales (arroz integral, quinoa, pan integral): se absorben más lento que los refinados.
La recomendación general es sumar al menos cinco porciones diarias de frutas y verduras, además de reemplazar harinas blancas por opciones integrales.
Qué reducir para cuidar el hígado
Además de incorporar alimentos protectores, es clave limitar aquellos que favorecen la acumulación de grasa hepática. Entre ellos se destacan las bebidas azucaradas, productos de pastelería, snacks ultraprocesados y comidas rápidas ricas en grasas trans y saturadas.
El consumo excesivo de alcohol también acelera el daño hepático. Aunque el cuadro sea no alcohólico, muchos especialistas sugieren reducir al mínimo o evitar el alcohol para darle al hígado la posibilidad de recuperarse.
Actividad física y control médico
Los cambios en la mesa deben ir de la mano con actividad física regular. Caminar a buen ritmo, andar en bicicleta o hacer ejercicio aeróbico moderado al menos 150 minutos por semana mejora la sensibilidad a la insulina y contribuye a reducir el tejido graso del hígado.
Ante un diagnóstico de hígado graso, es fundamental consultar a un médico hepatólogo o clínico y a un nutricionista. Cada caso requiere una evaluación personalizada, estudios de laboratorio y, en ocasiones, estudios por imágenes para descartar inflamación avanzada o fibrosis.




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