Nuevas evidencias en neurociencia empiezan a explicar por qué dejamos para después tareas importantes, aun cuando sabemos que eso nos juega en contra.

Un reciente estudio en neurociencia sugiere que el cerebro no valora igual el esfuerzo inmediato que el esfuerzo futuro. Esa diferencia en el modo en que procesamos el cansancio y el costo de una tarea podría ser la clave para entender la procrastinación, un hábito que afecta el rendimiento académico, laboral y hasta la salud mental.
Cómo decide el cerebro cuándo hacer una tarea
Según los investigadores, cuando evaluamos si ponernos ya mismo a trabajar o dejar una actividad para más adelante, el cerebro hace un cálculo entre recompensa esperada y esfuerzo percibido. El punto clave es que ese esfuerzo se siente muy distinto si es inmediato o si queda ubicado en el futuro.
La investigación muestra que las áreas cerebrales vinculadas a la planificación y al control, como la corteza prefrontal, tienden a descontar el costo del esfuerzo futuro. Es decir, el trabajo de mañana parece menos pesado que el de hoy, aunque sea exactamente el mismo.
Esta valoración distorsionada hace que muchas personas opten por el alivio inmediato: navegar en redes, revisar mensajes o encarar tareas más simples, mientras dejan para después aquello que requiere más concentración o energía.
Del cansancio anticipado al círculo vicioso de postergar
Otra de las conclusiones del trabajo es que el cansancio futuro se procesa en circuitos distintos a los que se activan ante el cansancio actual. El agotamiento que imaginamos para más adelante se percibe como un problema menor, casi abstracto, lo que facilita decir “después lo hago”.
El problema aparece cuando el plazo se acerca. Esa tarea que parecía lejana vuelve al presente con el mismo costo de esfuerzo, pero menos tiempo disponible. Es entonces cuando crece el estrés, la culpa y la sensación de estar siempre corriendo detrás de las obligaciones.
Los especialistas en conducta advierten que este mecanismo puede armar un círculo vicioso: cuanto más postergamos, más asociamos la tarea con malestar y ansiedad, y más difícil se vuelve arrancar la próxima vez.
Estrategias para ganarle a la procrastinación
Aunque la base del fenómeno sea neurológica, los expertos subrayan que no estamos condenados a procrastinar. Existen hábitos concretos que ayudan a compensar esa forma de calcular el esfuerzo:
- Dividir tareas grandes en pasos breves y bien definidos.
- Fijar plazos intermedios en lugar de una única fecha límite lejana.
- Reducir distracciones visibles, como el celular o las notificaciones.
- Asociar el inicio de la tarea con una rutina fija, por ejemplo, después del desayuno.
- Reforzar el avance con pequeñas recompensas al completar cada bloque de trabajo.
También se recomienda prestar atención a cómo hablamos de las tareas. Cambiar el “tengo que” por “elijo hacer” y vincular la actividad con objetivos personales concretos puede aumentar la motivación y reducir la resistencia inicial.
Entender que la procrastinación tiene una base cerebral no la justifica, pero sí permite diseñar mejores estrategias para organizar el tiempo y cuidar la salud mental.
Con el avance de este tipo de estudios, la neurociencia busca aportar herramientas prácticas para el día a día: desde el aula hasta la oficina, comprender por qué postergamos puede ser el primer paso para cambiar.




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