En pocos años, el modo en que navegamos en Internet dio un giro brusco: pasamos de leer largas notas y ver películas completas a consumir videos mínimos, repetitivos y cada vez más parecidos entre sí. Detrás de esa transformación hay decisiones de las plataformas, cambios culturales y también explicaciones desde la neurociencia.
Imagen: Ámbito
Especialistas en psicología cognitiva e inteligencia artificial coinciden en que el auge del contenido corto no es casual. Responde a la forma en que funciona nuestro cerebro, a la competencia feroz por captar atención y a algoritmos diseñados para mantenernos conectados el mayor tiempo posible.
El cerebro, la dopamina y la gratificación inmediata
Cada vez que hacemos scroll en una red social y encontramos algo que nos gusta, el cerebro libera pequeñas dosis de dopamina, el neurotransmisor asociado al placer. Ese circuito de recompensa se vuelve más intenso cuando el contenido es breve, impactante y fácil de procesar.
La Inteligencia Artificial explica este fenómeno como un ciclo de refuerzo: si un video corto nos entretiene en pocos segundos, la plataforma registra esa reacción y nos ofrece más piezas similares. Así se consolida un consumo rápido, superficial y muy repetitivo, donde el usuario casi no tiene que elegir.
Al mismo tiempo, la cantidad de estímulos que recibimos por día aumenta de forma exponencial. Frente a esa sobrecarga informativa, el cerebro tiende a priorizar mensajes simples, visuales y familiares. Lo nuevo e innovador exige más esfuerzo cognitivo, y muchas veces queda relegado.
El rol de los algoritmos y la lógica de la repetición
Plataformas como TikTok, Instagram o YouTube premian el contenido que retiene a la audiencia y genera interacción. Si un formato funciona, el algoritmo lo replica y lo potencia. De esta manera, se multiplican los trends, los bailes, los desafíos virales y los audios reutilizados hasta el cansancio.
Desde la Inteligencia Artificial se señala que estos sistemas aprenden de nuestros comportamientos pasados. Si una mayoría de usuarios responde bien a un tipo de video, la máquina interpreta que ese es el “modelo ganador” y tiende a reproducirlo. Lo original queda arrinconado por copias de algo que ya dio resultados.
Este mecanismo crea una burbuja de repetición: el usuario ve casi siempre lo mismo, pero con pequeñas variaciones. El contenido se vuelve previsible, pero también cómodo, porque no desafía nuestras expectativas ni nuestra forma de pensar.
¿Pérdida de atención o cambio de hábitos culturales?
Una de las discusiones abiertas es si realmente estamos perdiendo capacidad de atención o si estamos adaptándonos a un entorno digital distinto. Algunos estudios indican que podemos concentrarnos en lecturas largas cuando el contexto lo permite, pero que las plataformas nos entrenan para saltar rápido de un estímulo a otro.
En ese escenario, crece la preocupación por el impacto que este tipo de consumo tiene en los adolescentes y jóvenes. La exposición constante a videos breves puede dificultar la lectura profunda, la reflexión y la construcción de argumentos complejos, habilidades clave para el estudio y el trabajo.
Al mismo tiempo, surgen iniciativas para recuperar espacios de desconexión: clubes de lectura, talleres sin pantallas, aplicaciones que limitan el tiempo de uso e incluso contenidos largos que encuentran su público, como podcasts extensos o newsletters especializados.
¿Cómo elegir mejor qué consumimos en redes?
Frente al avance del contenido corto y repetitivo, especialistas recomiendan adoptar hábitos simples: fijar horarios para usar redes, silenciar cuentas que solo aportan ruido, seguir medios confiables y alternar entre formatos breves y propuestas más extensas.
También señalan la importancia de preguntarnos qué buscamos al conectarnos: información, entretenimiento, compañía o solo llenar un rato libre. Esa toma de conciencia puede ayudar a que las decisiones no queden únicamente en manos del algoritmo.
La Inteligencia Artificial seguirá explicando estos cambios, pero el desafío final es humano: recuperar la capacidad de elegir con criterio en un océano de contenido cada vez más corto, veloz y parecido.




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