Pobreza y empleo: más horas de trabajo, menos salario real

Un nuevo informe sobre el mercado laboral argentino muestra que, aun con empleo, amplios sectores de la población no logran salir de la pobreza y se ven obligados a sumar horas de trabajo para compensar la fuerte caída del salario real.

Pobreza y empleo: más horas de trabajo, menos salario real
Pobreza y empleo: más horas de trabajo, menos salario real

De acuerdo con los datos relevados, sólo el 7,9% de las personas pobres en edad de trabajar aparece como desempleada. El resto está ocupado, en su mayoría en condiciones precarias, lo que revela una paradoja: hay trabajo, pero los ingresos no alcanzan para dejar atrás la pobreza.

El estudio advierte sobre el agotamiento del modelo basado en el cuentapropismo y los “rebusques” como única vía de ingreso. Cada vez más trabajadores informales y por cuenta propia comienzan a buscar un empleo registrado, con salario estable y acceso a la seguridad social.

En este contexto, la pobreza deja de asociarse exclusivamente con la falta de trabajo y se vincula de manera directa con la pérdida del poder adquisitivo. La combinación de inflación alta, tarifas en alza y salarios atrasados golpea con más fuerza a los hogares de menores recursos.

El informe señala que la principal respuesta de los hogares pobres frente a la caída de ingresos es aumentar la cantidad de horas trabajadas. Muchos suman changas, turnos extra o segundas ocupaciones, pero aun así no logran compensar la pérdida del salario real.

Esta dinámica impacta especialmente en las mujeres y en los jóvenes, que suelen concentrarse en tareas informales, mal pagas y sin aportes jubilatorios. El pluriempleo y la sobrecarga laboral se convierten en regla, al tiempo que se reducen los espacios de descanso y cuidado familiar.

Para los especialistas, el dato de que apenas una fracción de los pobres esté desempleada cuestiona la idea de que el problema central es la falta de puestos de trabajo. El foco se desplaza hacia la calidad del empleo, los niveles salariales y el acceso a derechos básicos como la cobertura de salud y la jubilación.

Ante el deterioro del ingreso, muchos cuentapropistas, monotributistas de las categorías más bajas y trabajadores de oficios comienzan a explorar la posibilidad de insertarse en el empleo formal. Buscan mayor estabilidad, obra social y aportes, aun cuando eso implique resignar cierta autonomía.

El fenómeno tensiona al mercado laboral, que debe absorber mano de obra acostumbrada a la informalidad, y pone en el centro del debate el rol del Estado en materia de políticas de empleo, formación y protección social. Se reabre la discusión sobre cómo incentivar la registración sin desalentar la creación de nuevos puestos.

En paralelo, los analistas remarcan que la persistencia de salarios por debajo de la línea de pobreza limita la recuperación del consumo interno y profundiza la desigualdad. La crisis laboral se expresa así no sólo en los niveles de desempleo, sino en la incapacidad del mercado de trabajo de garantizar ingresos dignos incluso a quienes tienen ocupación.

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