Tras semanas de protestas multitudinarias en Irán, el saldo que queda entre la población es una mezcla de miedo, desolación y una profunda sensación de abandono por parte de la comunidad internacional, en especial de Estados Unidos.
Manifestaciones que comenzaron como reclamos por la situación económica y las restricciones políticas derivaron en una ola de movilización nacional que desafió al régimen de la República Islámica. La respuesta oficial, sin embargo, fue una represión a sangre y fuego que dejó un número todavía indeterminado de muertos, heridos y detenidos.
Vecinos, estudiantes, trabajadores y activistas relatan escenas de calles militarizadas, cortes de internet y detenciones nocturnas. Muchos temen hablar, incluso de manera anónima, ante la posibilidad de represalias que puedan alcanzar no solo a quienes protestaron, sino también a sus familias.
En este contexto, se instaló una sensación de traición. Irán volvió al centro de la escena mundial en los últimos meses, pero la población percibe que, al momento de la represión, las grandes potencias miraron hacia otro lado. La expectativa de algún tipo de presión internacional concreta se desinfló rápidamente.
La promesa incumplida de apoyo desde Estados Unidos
Uno de los nombres más mencionados por los manifestantes es el del entonces presidente estadounidense, Donald Trump. Durante las primeras jornadas, el líder republicano alentó públicamente las protestas y aseguró que la “ayuda estaba en camino”. Pero, puertas adentro de Irán, esa ayuda nunca se vio reflejada en medidas concretas.
En redes sociales, muchos iraníes denunciaron sentirse utilizados en el tablero geopolítico: sus reclamos fueron amplificados mientras servían como presión contra Teherán, pero cuando la represión se profundizó, las declaraciones de apoyo se diluyeron. “Nos han dejado solos, no le importamos a nadie”, repiten activistas y ciudadanos.
Miedo, censura y el costo de salir a la calle
Organismos internacionales de derechos humanos vienen advirtiendo desde hace años sobre el uso sistemático de la fuerza en Irán para contener la disidencia. Durante las últimas protestas, se reportaron disparos contra manifestantes desarmados, detenciones masivas y juicios sumarios, prácticas que el gobierno niega o minimiza.
La censura también fue clave: el régimen restringió el acceso a internet y a las redes sociales, dificultando el registro independiente de lo que ocurría en las calles. Aun así, circularon videos que muestran cargas policiales, uso de armas letales y escenas de pánico en distintas ciudades del país.
Lejos de apagarse, el malestar permanece latente. Analistas señalan que la combinación de crisis económica, inflación, sanciones internacionales y falta de libertades políticas conforma un caldo de cultivo que, tarde o temprano, puede volver a detonar nuevas protestas. La incógnita es si, la próxima vez, la comunidad internacional mantendrá la misma distancia.
Mientras tanto, gran parte de la sociedad iraní atraviesa un presente marcado por el temor y la incertidumbre. Muchos optan por el silencio y otros se organizan en la clandestinidad, con la esperanza de que el reclamo por más derechos, democracia y respeto a las libertades no quede otra vez sepultado por la represión.




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