El magnesio volvió a ganar protagonismo en la medicina preventiva: distintos estudios lo señalan como un nutriente clave para acompañar el tratamiento del hígado graso y mejorar la salud metabólica en general.

Por qué el magnesio es tan importante
El magnesio es un mineral esencial que participa en más de 300 reacciones químicas del organismo. Entre otras funciones, ayuda a regular la glucosa en sangre, la presión arterial y el funcionamiento de los músculos y nervios. Esa presencia en procesos clave explica por qué su déficit se asocia con problemas metabólicos y, cada vez más, con enfermedades hepáticas.
El hígado graso no alcohólico, muy frecuente en Argentina por la mala alimentación y el sedentarismo, se vincula a la obesidad, la resistencia a la insulina y el colesterol elevado. En ese contexto, mantener niveles adecuados de magnesio se volvió un punto de atención para los médicos clínicos, hepatólogos y nutricionistas.
Cómo ayuda el magnesio al hígado graso
La evidencia científica indica que el magnesio tiene un efecto antiinflamatorio y mejora la sensibilidad a la insulina. Estos dos factores son centrales para frenar el avance del hígado graso y reducir el riesgo de que evolucione hacia cuadros más severos, como la esteatohepatitis o la cirrosis.
Al favorecer un mejor control de la glucemia y del metabolismo de las grasas, el magnesio contribuye a que el hígado acumule menos lípidos en sus células. Esto no reemplaza a los cambios de hábitos, pero sí puede potenciar el impacto de una dieta equilibrada y la actividad física.
Especialistas en nutrición clínica remarcan que los pacientes con sobrepeso, diabetes tipo 2 o síndrome metabólico suelen presentar niveles más bajos de este mineral, por lo que es relevante evaluarlos en el consultorio y ajustar la alimentación en consecuencia.
Alimentos ricos en magnesio para sumar al plato
La buena noticia es que el magnesio se puede incorporar fácilmente a través de la comida diaria. Una alimentación variada, con foco en productos frescos y poco industrializados, permite alcanzar los valores recomendados sin necesidad de suplementos en la mayoría de los casos.
- Frutos secos: almendras, nueces, maní, avellanas.
- Semillas: girasol, calabaza, chía y sésamo.
- Legumbres: porotos, lentejas, garbanzos y arvejas.
- Verduras de hoja verde: espinaca, acelga, kale.
- Cereales integrales: avena, arroz integral, pan y pastas integrales.
- Chocolate amargo (con alto porcentaje de cacao).
Incorporar estos alimentos de manera cotidiana, reducir las harinas refinadas y las bebidas azucaradas, y sumar movimiento diario son pilares para mejorar el funcionamiento del hígado y proteger el sistema cardiovascular.
¿Suplementos sí o no?
Ante la sospecha de déficit de magnesio, muchos pacientes consultan por suplementos. Los especialistas advierten que no es recomendable automedicarse: el exceso también puede generar efectos adversos, sobre todo en personas con problemas renales.
La recomendación es siempre realizar una consulta médica o con un nutricionista, que evaluará el estado general de salud, la medicación que se está tomando y la dieta habitual. Solo en algunos casos se indica un complemento farmacológico, con dosis y tiempo de uso bien definidos.
El magnesio no es una solución mágica, pero sí un aliado importante dentro de un abordaje integral del hígado graso que incluya alimentación saludable, control del peso y actividad física regular.
En un país con alta prevalencia de obesidad y sedentarismo como la Argentina, los expertos insisten en reforzar los controles clínicos anuales y consultar ante signos como cansancio persistente, aumento de peso abdominal o análisis de laboratorio alterados.




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