Irán endurece el bloqueo digital y crecen los exilios forzados

Un matrimonio iraní y una amiga recorrieron casi 300 kilómetros en medio de la nieve y temperaturas de diez grados bajo cero para llegar a Turquía y hacer algo tan simple —y hoy tan vedado en su país— como conectarse a internet y hablar con su hija tras el bloqueo digital.

Frontera nevada entre Irán y Turquía

Faride, su esposo y una amiga de la familia, todos de unos 60 años, abandonaron la ciudad iraní de Tabriz tras días marcados por golpes, disparos y detenciones masivas. Cruzaron el paso montañoso de Kapiköy, una frontera dura donde el frío perfora la ropa y la nieve borra los caminos, pero donde aparece algo que en Irán se volvió excepcional: una conexión estable a la red.

En los últimos años, el Gobierno iraní profundizó el control y la censura sobre internet, especialmente durante protestas sociales o episodios de conflictividad política. Organizaciones como Amnistía Internacional y Human Rights Watch han denunciado el uso de bloqueos selectivos, cortes totales y restricciones a plataformas de mensajería para aislar a la población y dificultar la circulación de información.

Para familias como la de Faride, esto se traduce en una angustia cotidiana: “Nuestra hija no sabe de nosotros”, repiten, aliviados recién cuando logran pisar suelo turco. Durante días, las comunicaciones se mantuvieron prácticamente interrumpidas y los teléfonos solo servían para confirmar, de a ratos, que el silencio seguía del otro lado.

Internet como línea de vida

Lo que antes era una herramienta de trabajo o entretenimiento se transformó en una tabla de salvación para quienes intentan mantenerse en contacto con hijos, hermanos o amigos que emigraron. Cada corte o bloqueo implica horas —a veces días— de incertidumbre. No es solo la imposibilidad de leer noticias independientes, sino también la sensación de quedar desconectado del mundo.

Irán figura de manera sistemática entre los países con peor desempeño en los índices globales de libertad en la red. Distintos reportes describen un esquema de filtros, vigilancia y persecución a activistas digitales, periodistas y usuarios que comparten contenidos críticos del régimen. Ante ese escenario, muchos optan por rutas terrestres hacia países vecinos como Turquía o Armenia, donde pueden recuperar algo de libertad de expresión y acceso a plataformas globales.

Rutas peligrosas y éxodos silenciosos

El viaje de casi 300 kilómetros que hizo este pequeño grupo refleja una dinámica cada vez más extendida: cruces fronterizos a pie, en condiciones extremas, para escapar no solo de la represión física sino también del apagón informativo. Se trata de un éxodo silencioso, poco visible en las estadísticas migratorias, pero muy presente en relatos de familias que se reencuentran apenas logran conectarse a una videollamada.

En las montañas nevadas de Kapiköy, la escena se repite: personas mayores, jóvenes y familias enteras llegan exhaustas después de horas de viaje. Del lado turco, muchos se apresuran a encender sus celulares y buscar señal. Antes incluso de descansar o entrar en calor, la prioridad es marcar un número, enviar un mensaje o abrir una aplicación de mensajería para decir: “Llegamos, estamos bien”.

La historia de Faride resume un drama contemporáneo: en pleno siglo XXI, la posibilidad de conectarse a internet puede depender de caminar cientos de kilómetros bajo cero. Y para quienes quedan del otro lado de la frontera, la incógnita se mantiene: no saber nada de sus seres queridos hasta que una señal, fugaz pero vital, atraviese los bloqueos.


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