El inicio de los bombardeos de Estados Unidos e Israel sobre Irán el 28 de febrero dejó, en pocas semanas, una estela de destrucción y miles de víctimas civiles. Detrás de cada cifra, hay una historia como la de Soma Salimi, que expone el costo humano del conflicto.

Cuando comenzaron los ataques, el 28 de febrero, la familia de Soma Salimi insistió en que dejara Teherán y regresara a Bukan, la región kurda del norte de Irán donde había crecido. Le advirtieron que la capital se había convertido en un objetivo militar y que estar allí era demasiado riesgoso.
Pero Salimi decidió quedarse. Tenía un compromiso asumido con su trabajo como psicoterapeuta de niños con autismo y no quería separarse de su esposo. La pareja se había mudado hacía poco a un departamento en el distrito de Resalat, una zona densamente poblada en el este de la ciudad.
El 9 de marzo, un nuevo bombardeo conjunto de Estados Unidos e Israel alcanzó el edificio en el que vivían. El inmueble quedó completamente destruido. Entre los escombros, las tareas de rescate se extendieron durante días.
La madre de Soma pasó casi dos semanas esperando noticias, aferrada a la esperanza de encontrar algún resto que permitiera despedirla y darle sepultura. Su hija, de poco más de treinta años, se convirtió en una de las más de 3.000 personas fallecidas en apenas seis semanas de guerra en Irán.
Del dato estadístico al duelo familiar
El testimonio de los familiares de las víctimas insiste en una idea que atraviesa cada relato: “no era un número, era mi hermana”. La frase resume el malestar de quienes sienten que la dimensión humana del conflicto queda opacada por los partes militares y los conteos de bajas.
En barrios residenciales como Resalat, muchas familias vivían alejadas de las decisiones políticas y militares, y aun así quedaron atrapadas en el fuego cruzado. Departamentos recientemente estrenados se transformaron en montañas de hormigón, vidrios y hierros retorcidos.
Las historias que emergen de los escombros repiten un patrón: trabajadores de la salud, estudiantes, comerciantes y empleados que, como Soma, eligieron seguir con su vida cotidiana pese al peligro. La rutina se sostuvo apenas unos días, hasta que las bombas llegaron a la puerta de sus casas.
En ese contexto, organizaciones humanitarias y colectivos de familiares advierten sobre el impacto psicológico en la población civil, especialmente en niños y niñas que, como los pacientes de Salimi, ya atravesaban situaciones de vulnerabilidad antes del inicio de la ofensiva.
Más de 3.000 muertos y una sociedad marcada por la guerra
Las autoridades locales y los registros de organizaciones civiles coinciden en que más de 3.000 personas murieron en apenas seis semanas desde el inicio de los ataques. A la par, continúa el conteo de heridos, desplazados internos y edificios dañados o destruidos.
En ciudades como Teherán y en regiones del norte, las familias conviven con el duelo y la incertidumbre. Muchas, como la de Soma, aún esperan respuestas formales sobre el paradero de sus seres queridos o la confirmación oficial de las identidades de las víctimas.
La historia de Salimi sintetiza el dolor de miles de hogares iraníes que, en pocas semanas, vieron desarmados sus proyectos de vida. Cada relato cuestiona la lógica de una guerra que, más allá de los objetivos estratégicos, golpea de lleno a la población civil.
En medio de esa realidad, los familiares reclaman que el mundo no se quede con la cifra fría de los muertos y heridos, y escuche las voces de quienes hoy lloran a sus hijas, hijos, hermanas y hermanos. Detrás de cada estadística, insisten, hay una vida que fue truncada.





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