La inflación de alimentos volvió a acelerarse con fuerza en el arranque de febrero y suma presión sobre el bolsillo de las familias, en un contexto de tarifas en alza y tensión política por la medición oficial de precios.

De acuerdo con un relevamiento privado de la consultora LCG, los precios de alimentos y bebidas subieron 2,5% en la primera semana de febrero, el registro más alto desde marzo de 2024 para un período similar. El dato enciende alarmas sobre la dinámica inflacionaria y su impacto en el Índice de Precios al Consumidor (IPC).
El informe se elabora a partir de un seguimiento semanal de productos en supermercados de todo el país. La suba de la primera semana se explica, principalmente, por aumentos en lácteos, carnes, productos de almacén y bebidas, rubros que concentran buena parte del gasto mensual de los hogares.
En paralelo, la escalada de servicios regulados -como luz, gas, transporte y combustibles- agrega presión al índice general. El arranque del mes suele marcar la actualización de muchas tarifas, lo que amplifica el efecto de los aumentos de la góndola sobre el presupuesto familiar.
Presión sobre el bolsillo y el consumo
El encarecimiento de los alimentos golpea con más fuerza a los sectores de ingresos fijos, como jubilados y asalariados, que vienen de varios meses de pérdida de poder adquisitivo frente a la inflación. Analistas advierten que muchas familias ya ajustan consumos básicos, optan por segundas marcas y buscan más promociones.
En este contexto, los supermercados registran una combinación de caída en las cantidades vendidas y mayor facturación nominal por los aumentos de precios. La tendencia se repite tanto en grandes cadenas como en autoservicios de barrio, donde también se percibe la volatilidad en las listas de proveedores.
Polémica por la medición de la inflación
El fuerte incremento semanal se conoce en medio de la polémica por el bloqueo a la nueva medición del INDEC. La discusión política sobre la autonomía del organismo y la metodología elegida para relevar los precios suma ruido a un tema central para la vida cotidiana: cuánto sube el costo de llenar el changuito.
Frente a este escenario, distintos actores —sindicatos, consultoras privadas y universidades— impulsan sus propios indicadores de inflación para contrastar con el dato oficial. La coexistencia de múltiples mediciones refleja la desconfianza de parte de la sociedad y de algunos sectores políticos sobre cómo se construye el índice de precios.
Los especialistas remarcan que la dinámica de alimentos es clave porque se trata del componente con mayor peso dentro de la canasta del IPC y el más sensible para los hogares de menores ingresos. Si la tendencia de febrero se mantiene en las próximas semanas, el mes podría cerrar con un registro elevado de inflación núcleo, más allá del efecto puntual de tarifas.
En el Gobierno confían en una desaceleración gradual a lo largo del año, apoyada en la política monetaria contractiva y el freno al dólar oficial. Sin embargo, los relevamientos privados como el de LCG muestran que, al menos en el corto plazo, la inflación en alimentos sigue lejos de aflojar y condiciona cualquier mejora en los ingresos reales.



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