Dislexia: entender la dificultad para poder acompañar

La dislexia es una condición frecuente pero poco comprendida. Identificar sus signos a tiempo y saber cómo acompañar puede marcar una gran diferencia en la trayectoria escolar y emocional de niñas, niños y personas adultas.

Niña leyendo un libro con dificultad, representando la dislexia

Imagen: Unsplash / Kyle Vaughn

La dislexia es una dificultad específica del aprendizaje que afecta la lectura, la escritura y, en muchos casos, la ortografía. No se trata de un problema de vista ni de falta de esfuerzo: es una forma distinta en que el cerebro procesa el lenguaje escrito.

Las personas con dislexia pueden tener inteligencia promedio o superior y un gran interés por aprender. Sin embargo, el acceso a los textos suele ser más lento y trabajoso, lo que genera frustración si no se les brinda apoyo adecuado.

No es una enfermedad ni algo que “se pase solo”. Es una condición del neurodesarrollo que acompaña a la persona a lo largo de la vida, pero con las estrategias correctas es posible leer, estudiar y trabajar con autonomía.

Los primeros indicios suelen aparecer en los primeros años de primaria, cuando se formaliza la enseñanza de la lectura y la escritura. Algunos signos frecuentes son:

  • Lentitud marcada para aprender a leer en comparación con sus pares.
  • Confusión entre letras con formas o sonidos similares, como b/d, p/q o m/n.
  • Dificultades para recordar la secuencia de las letras en una palabra.
  • Errores de omisión, sustitución o inversión de sílabas al leer o escribir.
  • Evitar las tareas de lectura en voz alta o mostrar cansancio rápido.
  • Ortografía muy inestable, incluso en palabras conocidas.

Es importante remarcar que un solo signo aislado no alcanza para hablar de dislexia. El diagnóstico debe realizarlo un equipo profesional especializado en dificultades de aprendizaje.

Frente a la sospecha, lo recomendable es consultar con un equipo integrado por psicopedagogas, fonoaudiólogas y profesionales de salud mental infantil. Una evaluación temprana permite diseñar un plan de trabajo que incluya adaptaciones pedagógicas y apoyos específicos.

Entre las estrategias más utilizadas se encuentran los programas de lectura fonológica, el uso de material con letra ampliada, audiolibros y herramientas tecnológicas que facilitan el acceso a los contenidos sin sobrecargar la lectura.

En el aula, es clave que las y los docentes puedan evaluar el conocimiento sin que la velocidad lectora sea el único criterio. Dar más tiempo en pruebas, permitir respuestas orales o usar apoyos visuales son medidas simples que reducen la desigualdad.

La dislexia no abordada suele traer aparejados sentimientos de fracaso, baja autoestima y rechazo a la escuela. Por eso, el acompañamiento emocional es tan importante como la intervención pedagógica.

La familia puede ayudar evitando etiquetas como “vago” o “distraída” y reconociendo los esfuerzos. Valorar otras fortalezas —creatividad, pensamiento visual, habilidades sociales— permite construir una mirada más integral de la persona.

Organizar las tareas, ofrecer espacios tranquilos para estudiar y mantener una comunicación fluida con la escuela son pilares fundamentales para que niñas y niños con dislexia no se sientan solos frente a la dificultad.

En Argentina, las normativas de educación inclusiva reconocen el derecho a realizar ajustes razonables para estudiantes con dislexia y otras dificultades específicas del aprendizaje. El desafío es que esos derechos se traduzcan en prácticas cotidianas en las aulas.

Comprender qué es la dislexia, cómo se manifiesta y qué apoyos son necesarios es el primer paso para que leer deje de ser una barrera y se convierta, también para ellas y ellos, en una puerta abierta al conocimiento.

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