El último Foro Económico Mundial en Davos dejó una postal incómoda para Washington: un anuncio diplomático sin el respaldo visible de sus socios tradicionales reabrió el debate sobre el verdadero peso de Estados Unidos en el tablero global.
Imagen: El País
En la tradicional cita de Davos, Estados Unidos presentó un nuevo proyecto de articulación internacional rodeado de dirigentes de distintos continentes. Sin embargo, llamó la atención la ausencia total de sus grandes aliados occidentales, como las potencias europeas, Canadá o Japón, habituales socios en las grandes iniciativas multilaterales.
Para analistas y diplomáticos, la escena sintetiza un proceso más profundo: el deterioro de la posición internacional de EE UU tras años de tensiones comerciales, decisiones unilaterales y cambios de rumbo entre diferentes administraciones. Esa inestabilidad, señalan, erosionó la confianza en Washington como socio previsible.
Una red de alianzas en cuestión
Desde la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos tejió la que muchos consideran la red de alianzas más influyente de la historia, con la OTAN como emblema y múltiples acuerdos en Asia y América Latina. Esa arquitectura le permitió sostener su hegemonía política, económica y militar durante décadas.
Pero en la última década crecieron los reproches por políticas consideradas unilaterales o abusivas: guerras sin consenso internacional, presiones comerciales, sanciones económicas masivas y un discurso cada vez más confrontativo. A eso se suman episodios como el retiro abrupto de Afganistán o las tensiones con socios europeos por temas energéticos y de defensa.
En Davos, el hecho de que las principales economías avanzadas no se alinearan públicamente con el anuncio estadounidense fue leído como una señal de distancia. No implica una ruptura, pero sí una advertencia sobre el costo de acumular resentimientos y humillaciones en el sistema internacional.
El avance de potencias emergentes
Mientras tanto, otros actores aprovechan el vacío relativo. China, India y diversas potencias regionales vienen impulsando foros alternativos y acuerdos propios, desde los BRICS hasta iniciativas en África, Asia Central y América Latina. Muchos países buscan diversificar socios y reducir su dependencia de Washington.
La fragmentación del orden internacional se traduce en una multiplicidad de bloques y alianzas flexibles, donde cada Estado intenta equilibrar beneficios económicos, seguridad y autonomía política. En ese contexto, el liderazgo estadounidense ya no se da por descontado.
Para América Latina, incluida la Argentina, esta transición abre oportunidades y riesgos. Por un lado, amplía el margen para negociar con varios centros de poder; por otro, expone a la región a mayores presiones cruzadas y a un sistema menos previsible.
¿Suicidio geopolítico o punto de inflexión?
Los especialistas describen el momento como un posible “suicidio geopolítico” de Estados Unidos si continúa descuidando sus alianzas históricas. Sin coordinación con las democracias avanzadas, advierten, será difícil encarar desafíos como el cambio climático, las guerras en curso o la regulación de las nuevas tecnologías.
Aun así, la capacidad económica, militar y tecnológica de Washington sigue siendo central. La incógnita es si optará por recomponer puentes y fortalecer el multilateralismo, o si profundizará una estrategia de poder más solitaria que podría acelerar el reordenamiento del mapa global.



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