Ayuno y cerebro: qué revela un nuevo estudio

Un nuevo trabajo científico vuelve a poner bajo la lupa la relación entre el ayuno, la primera comida del día y el rendimiento mental, y cuestiona varias creencias muy arraigadas.

Ayuno y cerebro: qué revela un nuevo estudio

El psicólogo e investigador neozelandés David Moreau participó de un estudio que analiza cómo el ayuno y el momento de la primera comida influyen en el funcionamiento del cerebro. Lejos de las frases hechas, sus conclusiones señalan que mucho de lo que pensamos sobre “no poder rendir con el estómago vacío” está más ligado a la percepción subjetiva de hambre que a una caída real del rendimiento cognitivo.

Hambre, percepción y rendimiento mental

Moreau explica que la idea de que el ayuno interfiere con las funciones mentales surge, en gran medida, de cómo nos sentimos cuando tenemos hambre. Esa sensación de vacío y malestar puede llevar a interpretar que pensamos peor o estamos más lentos, aunque los tests de memoria, atención o resolución de problemas muchas veces no muestran diferencias significativas.

Estudios recientes en neurociencia cognitiva indican que, en personas sanas, períodos breves de ayuno –como saltarse el desayuno o retrasarlo varias horas– no necesariamente deterioran el rendimiento intelectual. Incluso, algunos trabajos experimentales encontraron que, bajo ciertas condiciones, la concentración se mantiene estable o mejora levemente, probablemente por la liberación de adrenalina y otros mecanismos de alerta del organismo.

Sin embargo, los especialistas advierten que la respuesta no es igual para todo el mundo. El contexto nutricional previo, la calidad del sueño, el estrés y la hidratación son factores que pueden modificar la forma en que cada persona transita el ayuno.

El rol del desayuno y los mitos más instalados

Durante décadas se difundió la idea de que el desayuno es “la comida más importante del día” y que omitirlo implica un impacto directo en el rendimiento escolar, laboral o deportivo. Según Moreau y otros investigadores, la evidencia es más matizada: el efecto del desayuno depende de qué se come, de la rutina previa y del estado metabólico de cada persona.

Una comida rica en azúcares simples puede generar picos y caídas rápidas de glucosa, con sensación de cansancio a media mañana. En cambio, combinaciones de proteínas, grasas saludables y carbohidratos complejos suelen favorecer una liberación de energía más sostenida. Es decir: no se trata solo de desayunar o no, sino de qué tipo de desayuno se incorpora.

En paralelo, los protocolos de ayuno intermitente ganaron popularidad como estrategia para bajar de peso o mejorar marcadores metabólicos. Los expertos recomiendan precaución: si bien algunos estudios señalan beneficios, su implementación debe ser supervisada en personas con patologías de base, adolescentes, embarazadas o personas con antecedentes de trastornos alimentarios.

Recomendaciones de especialistas

Frente a la discusión sobre ayuno y cerebro, nutricionistas y neurólogos coinciden en algunas pautas generales para la vida cotidiana:

  • Escuchar las señales del propio cuerpo y evitar conductas extremas sin acompañamiento profesional
  • Priorizar alimentos frescos, con buena calidad de proteínas, fibras y grasas insaturadas
  • Mantener una hidratación adecuada a lo largo del día, clave para el rendimiento cognitivo
  • Cuidar el sueño: la privación de descanso impacta más en la atención que un ayuno breve
  • Consultar con profesionales antes de iniciar esquemas de ayuno prolongado o intermitente

La principal conclusión que deja el trabajo de Moreau es que, a la hora de pensar en el vínculo entre alimentación y cerebro, conviene correrse de las afirmaciones tajantes. Más que una regla universal, el impacto del ayuno sobre la mente parece ser el resultado de una combinación de factores biológicos, hábitos de vida y, sobre todo, de cómo cada persona percibe y atraviesa la experiencia de tener hambre.

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