Minneapolis se convirtió en uno de los epicentros de la resistencia a las políticas migratorias y de seguridad de Donald Trump, con calles marcadas por la memoria y el reclamo de justicia frente a la brutalidad policial.

Imagen: El País
Una ciudad atravesada por la violencia y la memoria
El fotógrafo de Atlanta Ryan Vizzions lleva más de cinco años y medio recorriendo rutas de Estados Unidos para registrar, con su cámara, cómo se vive en un país atravesado por conflictos raciales, deportaciones y protestas contra la violencia institucional. Su furgoneta blanca, algo destartalada pero identificada con la palabra “Prensa”, es su casa y su base de operaciones.
En febrero, Vizzions se encontraba a unas tres horas de Minneapolis cuando se enteró de un nuevo episodio letal: un agente del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) disparó tres veces contra Renée Good, poeta de 37 años, que se manifestaba contra los operativos migratorios impulsados durante la presidencia de Donald Trump. Sin dudarlo, el reportero gráfico tomó el volante y viajó hasta el lugar del crimen.
La muerte de Good se suma a una larga lista de casos que pusieron a Minneapolis bajo la lupa mundial. Desde el asesinato de George Floyd en 2020, a manos de un policía local, la ciudad se transformó en símbolo de protesta, duelo y resistencia. En sus barrios surgieron murales, altares callejeros y espacios de memoria impulsados por vecinos, artistas y organizaciones de derechos civiles.
Tres monumentos contra la brutalidad policial
En ese contexto aparecieron tres monumentos clave que hoy condensan el reclamo social. Se trata de intervenciones urbanas levantadas en puntos neurálgicos de la ciudad, donde la comunidad se reúne para marchas, vigilias y actos culturales. No son obras oficiales, sino construcciones surgidas desde abajo, que buscan dar nombre y rostro a las víctimas de la violencia estatal.
Estos espacios funcionan como sitios de memoria viva: allí se dejan flores, mensajes, fotografías y velas. También se realizan asambleas abiertas para debatir la actuación policial, la política migratoria y la necesidad de una reforma profunda del sistema de seguridad. Para muchos habitantes, visitar estos lugares es una forma de duelo colectivo, pero también de organización política.
La presencia constante de periodistas y documentalistas como Vizzions ayuda a amplificar esas voces. Sus recorridas permiten acercar a otras ciudades y a otros países una realidad que, si bien se concentra en Minneapolis, refleja tensiones que atraviesan a todo Estados Unidos: racismo estructural, abusos policiales y respuestas estatales cada vez más militarizadas.
El rol de las protestas en la era Trump y más allá
Durante el gobierno de Donald Trump, el ICE reforzó operativos contra migrantes en todo el país, con redadas y detenciones masivas. Organizaciones de derechos humanos denunciaron que esa política endurecida no sólo aumentó las deportaciones, sino también los episodios de violencia en la vía pública, como el que terminó con la vida de Renée Good.
En Minneapolis, las movilizaciones no se detuvieron con el cambio de administración en Washington. Lejos de eso, los colectivos locales insisten en que las reformas prometidas son insuficientes. Piden mayor control civil sobre las fuerzas de seguridad, límites claros al uso de la fuerza letal y un enfoque menos punitivo en materia migratoria.
En paralelo, las expresiones artísticas ocupan un lugar central. Murales, esculturas y altares convierten a la ciudad en un mapa de historias truncas, pero también de organización comunitaria. Cada monumento es una advertencia y una promesa: recordar a las víctimas y sostener la exigencia de justicia para que estos hechos no se repitan.
Así, Minneapolis se proyecta al mundo no sólo como escenario de violencia, sino como una ciudad que resiste, que hace de sus calles un archivo público del dolor y la lucha contra la brutalidad policial en Estados Unidos.




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