El fuerte aumento de las importaciones de carne registrado en marzo encendió una señal de alerta entre los pequeños productores de pollo y cerdo, que ven cómo la pérdida de competitividad y el encarecimiento de sus costos ponen en duda la continuidad de sus granjas.

En marzo, las compras externas de carnes marcaron un nuevo récord mensual, consolidando una tendencia que preocupa al sector agroindustrial. El fenómeno se da en un contexto de caída del tipo de cambio real y suba persistente de los costos internos, dos factores que golpean de lleno a los productores más chicos.
La combinación de un dólar atrasado y tarifas, insumos y alimentación cada vez más caros genera un escenario en el que la carne importada ingresa a precios competitivos, mientras que las granjas locales de pollos y cerdos ven comprimidos sus márgenes de ganancia.
Pequeños productores en zona de riesgo
Los criadores de menor escala son los más expuestos. Esto se debe a que tienen menor espalda financiera, acceso limitado al crédito y dificultades para trasladar los incrementos de costos al precio final sin perder clientes. En este marco, referentes del sector advierten por la subsistencia de cientos de explotaciones familiares en todo el país.
En las granjas de pollo y cerdo, el impacto se siente en la alimentación, la energía, el combustible y los gastos laborales. Cada suba en estos rubros repercute de inmediato en la estructura de costos y deja a muchos establecimientos al borde del punto de equilibrio.
Mientras tanto, la carne que llega del exterior lo hace en condiciones ventajosas por el tipo de cambio real, lo que intensifica la competencia en góndolas y frigoríficos. El riesgo es que, si la situación se prolonga, se acelere un proceso de concentración del mercado, con la salida de actores chicos y medianos.
Competitividad y abastecimiento futuro
Los analistas del sector señalan que el desafío central es recuperar competitividad sin deteriorar el abastecimiento interno. La presencia de importaciones puede aliviar ciertas tensiones de precios en el corto plazo, pero a la vez amenaza la continuidad de la producción local si no se corrigen los desbalances de fondo.
En el caso de las carnes de pollo y cerdo, la capacidad instalada en el país es significativa y responde tanto al consumo doméstico como a las exportaciones. Por eso, voces de la cadena productiva insisten en la necesidad de políticas que contemplen la situación de los pequeños productores para evitar cierres definitivos.
La preocupación no se limita a la actualidad económica: también se observa el riesgo de que, si muchos establecimientos salen del negocio, la oferta local se reduzca en el mediano plazo, con impacto en los precios al consumidor y en el empleo rural e industrial vinculado a la cadena cárnica.
En este contexto, la evolución del tipo de cambio real y de los costos internos será clave para definir si el récord de importaciones de marzo fue un episodio puntual o el inicio de una etapa más compleja para la producción argentina de carnes.




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