Cuatro amigos bogotanos que se conocen desde la infancia, una brújula musical llamada Juanes y un primer gran hit que llegó de la mano de Paulina Rubio: así se fue forjando el fenómeno Morat, la banda colombiana que pasó de tocar en un bar porteño a agotar funciones en los principales estadios de la región.

De los bares de San Telmo al Luna Park
Morat nació en Bogotá a comienzos de la década de 2010, cuando Juan Pablo Isaza, Juan Pablo Villamil, Simón Vargas y Martín Vargas empezaron a tocar juntos casi por juego. Lo que comenzó como un proyecto entre compañeros de colegio terminó convirtiéndose en una de las bandas pop en español más convocantes de la escena actual.
Su vínculo con la Argentina se selló temprano. Antes de los estadios, el grupo llegó al país para presentarse en un bar de San Telmo, en la Ciudad de Buenos Aires. Sin gran despliegue técnico, ellos mismos cargaban sus equipos y se ocupaban de cada detalle del show. Ese rodaje a pulmón marcó el estilo de cercanía con el público que conservan hasta hoy.
Con el boca a boca como aliado, Morat fue creciendo entre playlists, redes sociales y colaboraciones con artistas de la región. El salto de los pequeños escenarios al Luna Park confirmó que el fenómeno ya estaba instalado y que la banda se había ganado un lugar en el corazón del público argentino, especialmente entre los más jóvenes.
Juanes como referencia y el impulso de Paulina Rubio
Las raíces del grupo están atravesadas por la tradición del pop y el rock latino. Entre sus influencias aparece con fuerza Juanes, a quien los integrantes de Morat mencionan como una especie de brújula artística. El cantautor colombiano funcionó como modelo de cómo combinar letras emotivas, sonido moderno y proyección internacional.
En tanto, el gran espaldarazo comercial llegó con Paulina Rubio. La estrella mexicana eligió una canción compuesta por ellos, “Mi nuevo vicio”, que rápidamente se transformó en un hit en América Latina y España. Ese éxito masivo abrió puertas, multiplicó escuchas y posicionó al cuarteto como nuevos protagonistas del pop en español.
Desde entonces, la banda consolidó un sello propio: letras que hablan de amor, desamor y crecimiento personal, arreglos acústicos con guitarras y banjos, y una estética que mezcla lo urbano con lo folk. Esa combinación les permitió conectar con audiencias muy diversas, desde adolescentes hasta adultos que crecieron con el pop latino de los 2000.
“Estadio Azteca” y el sueño grande desde el inicio
Un gesto que resume la ambición artística de Morat es la elección de la primera canción que grabaron en estudio: “Estadio Azteca”, de Andrés Calamaro. El tema, que evoca uno de los templos deportivos más emblemáticos de América Latina, funciona casi como una declaración de principios sobre el tamaño de los sueños del grupo.
Tomar una obra de Calamaro, figura clave del rock argentino y referente regional, fue también una forma de tender puentes con el público local. La versión les permitió mostrar respeto por la tradición rockera y, al mismo tiempo, darle su impronta pop-folk a un clásico.
Ese camino, construido entre giras, colaboraciones y presencia constante en plataformas, desemboca ahora en un nuevo hito: cuatro Movistar Arena en Buenos Aires, un formato que confirma el salto definitivo de banda promesa a fenómeno consolidado del pop latino contemporáneo.
La conexión con el público argentino
Parte del encanto de Morat está en la relación que construyen con sus fans en vivo. En la Argentina se repite el fenómeno de otras plazas: estadios colmados, coros masivos y una fuerte presencia en redes, donde la comunidad comparte experiencias de recitales y organiza recepciones en aeropuertos y hoteles.
En esa dinámica, la banda colombiana logró transformarse en banda de sonido de una generación. De los bares de San Telmo a los grandes escenarios porteños, Morat confirma que, con canciones honestas y trabajo sostenido, cuatro amigos pueden convertir un proyecto escolar en un fenómeno global.




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