El encarecimiento del costo de vida también impacta de lleno en las familias con hijos: la canasta de crianza volvió a ganarle a la inflación en enero y obliga a recalcular el presupuesto mensual del hogar.

Imagen: Ámbito
La canasta de crianza le gana a la inflación
De acuerdo con mediciones privadas y estimaciones oficiales, la canasta de crianza registró en enero un aumento superior al índice general de precios. El indicador releva cuánto necesita una familia para afrontar los gastos básicos de un hijo, desde la alimentación hasta el cuidado cotidiano.
Entre los menores de un año, el costo de bienes y servicios específicos para esa etapa –como pañales, leche, vestimenta y artículos de higiene– subió alrededor de 3,9% mensual. En paralelo, el rubro cuidado, que incluye el pago a niñeras, jardines maternales u otras formas de atención, avanzó cerca de 3,3%.
Si bien las cifras pueden variar según la región, los analistas remarcan que la tendencia es clara: el gasto destinado a la niñez crece más rápido que el promedio del resto de los consumos del hogar. Esto presiona especialmente a los hogares de ingresos medios y bajos.
¿Qué incluye la canasta de crianza?
La canasta de crianza contempla dos grandes bloques de gastos. Por un lado, los bienes y servicios indispensables para el desarrollo del niño o la niña: alimentación, higiene, transporte, vestimenta, salud y materiales escolares, entre otros.
Por otro, se calcula el costo de cuidado, que abarca el tiempo y los recursos necesarios para garantizar la atención diaria. Allí se computan, por ejemplo, el salario de una persona cuidadora, el valor de un jardín maternal o las horas que un adulto del hogar deja de trabajar para ocuparse de la crianza.
Especialistas en economía de los cuidados señalan que este tipo de mediciones permite visibilizar un gasto que históricamente quedó oculto dentro del presupuesto familiar, pero que tiene un peso creciente en el marco de una inflación persistente.
Impacto en los hogares y estrategias de las familias
En muchos hogares, el aumento de la canasta de crianza obliga a reordenar prioridades. Algunas familias recortan actividades recreativas, postergan compras de indumentaria o buscan reemplazos más económicos en productos de higiene y alimentación.
Otra respuesta frecuente es el pluriempleo o la extensión de la jornada laboral de uno de los adultos para compensar la pérdida del poder adquisitivo. En paralelo, crece la participación de abuelos y otros familiares en el cuidado de los chicos, para reducir el gasto en servicios pagos.
Organizaciones sociales y especialistas advierten que, cuando los ingresos no alcanzan, el riesgo es que las familias resignen consumos clave, como controles médicos, alimentación variada o espacios de estimulación temprana, con posible impacto en el desarrollo infantil.
Políticas públicas y necesidad de actualización
El seguimiento de la canasta de crianza también sirve como referencia para actualizar asignaciones familiares, AUH, becas y otros programas que buscan acompañar económicamente a las familias con hijos. Cuando estos montos se ajustan por debajo de la inflación, la brecha entre lo que cuesta criar y lo que se percibe en ayudas estatales se amplía.
Economistas ligados al área social plantean que es clave que las políticas públicas incorporen de manera sistemática este indicador al momento de definir salarios, beneficios impositivos y transferencias de ingresos, de modo de evitar un deterioro mayor en las condiciones de crianza.
En un contexto de alta inflación, la evolución de la canasta de crianza se consolida como uno de los termómetros más sensibles del impacto de la crisis sobre la niñez y la organización cotidiana de los hogares.



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