En Argentina, mudarse solo se volvió un objetivo cada vez más difícil para los jóvenes. ¿A qué se debe?

En Argentina, mudarse solo es un objetivo cada vez más difícil para los jóvenes. Según un informe reciente de la Fundación Tejido Urbano, el 38,3% de las personas de entre 25 y 35 años no logra emanciparse económicamente, es decir, no puede dejar la casa familiar y sostener un hogar propio. El dato refleja un leve empeoramiento frente al año anterior y confirma una tendencia que se mantiene desde hace más de una década.
En términos concretos, se trata de cerca de 1,8 millones de jóvenes que siguen viviendo con sus padres no por elección, sino por una combinación de obstáculos económicos, laborales y sociales.
¿Por qué los jóvenes en Argentina no puede independizarse?
Uno de los factores centrales que explica la falta de independencia es la relación entre ingresos y vivienda. Hoy, para un joven promedio, alquilar insume alrededor del 41% del salario mensual, un porcentaje muy alto que vuelve inviable sostener otros gastos básicos como transporte, alimentación o servicios.
La diferencia entre quienes logran mudarse y quienes no también es marcada en el mercado laboral. Los jóvenes que ya se emanciparon tienen menores niveles de desempleo y, en promedio, ingresos que duplican a los de quienes siguen en el hogar familiar. En cambio, entre los que no pudieron independizarse, la desocupación es más alta y la estabilidad laboral mucho más frágil.
Otro rasgo que surge del relevamiento es el peso de la formación. Los jóvenes que continúan estudiando entre los 25 y 35 años tienen el doble de probabilidades de seguir viviendo con sus padres.
A esto se suma un problema estructural del mercado de trabajo: actualmente, personas de 30 años acceden a puestos que antes ocupaban jóvenes de 20. En las últimas dos décadas, el empleo argentino generó menos oportunidades reales para las nuevas generaciones, con más informalidad, más trabajos precarios y mayor presencia del cuentapropismo sin protección social.
Este escenario no solo retrasa la posibilidad de alquilar o comprar una vivienda, sino que también diluye proyectos a largo plazo como formar una familia, acceder a cobertura de salud estable o pensar en una jubilación futura.
La crisis habitacional y la expansión de la periferia
El problema de la independencia juvenil se conecta, además, con un fenómeno más amplio: el déficit habitacional y el crecimiento de viviendas precarias. En lugar de un acceso ordenado al mercado inmobiliario, muchas personas terminan instalándose en la periferia de las grandes ciudades como Rosario, Buenos Aires o Córdoba.
La expansión urbana se da, sobre todo, a partir de familias que migran desde zonas rurales o intermedias y buscan un lugar rápido donde vivir, muchas veces levantando construcciones sin servicios básicos. En Argentina, al menos 314 mil familias habitan casas con piso de tierra, y más de un millón de hogares presentan condiciones deficitarias, sin terminaciones, con paredes de adobe o sin cielorraso.
El dato de que cuatro de cada diez jóvenes no pueden mudarse solos refleja un problema profundo del modelo económico y urbano. Sin ingresos que acompañen el costo de vida y sin un mercado de alquiler accesible, la emancipación deja de ser una etapa natural de la vida para transformarse en un privilegio.



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