En la capital ucraniana la vida cotidiana sigue adelante entre cortes de luz, sirenas y ausencias. En las canchas de una pileta o en la silla de una barbería, se cuela el mismo sentimiento: el desgaste profundo de una sociedad que entra en un nuevo año de guerra sin ver un final claro.
El conflicto iniciado en 2014 con la anexión de Crimea y recrudecido con la invasión a gran escala de febrero de 2022 transformó por completo la vida en Ucrania. En Kiev, su capital, la guerra ya no es solo una noticia: es el telón de fondo de cada gesto cotidiano.
La prolongación del conflicto genera una fatiga social que se percibe en el ánimo de la población. Psicólogos y organizaciones humanitarias alertan sobre el impacto de vivir años bajo amenaza constante. Sumado a familias separadas, duelos abiertos y una economía que se sostiene en modo emergencia gracias al apoyo internacional.
Rutinas que resisten bajo las bombas
Las piletas públicas, gimnasios y peluquerías se convirtieron en pequeños refugios. Allí, los vecinos intentan sostener cierta normalidad, aun cuando las conversaciones giran en torno a movilizaciones, bajas en el frente y cortes de energía. Mantener la rutina es, para muchos, una forma de resistencia silenciosa.
El sistema eléctrico ucraniano sigue siendo blanco de ataques rusos, lo que provoca interrupciones periódicas en el suministro. Eso se traduce en clases suspendidas, comercios que cierran antes de tiempo y calles que vuelven a la penumbra, con el toque de queda marcando el ritmo nocturno de la ciudad.
El peso de la pérdida y la incertidumbre
La lista de soldados caídos crece semana a semana y los cementerios se expanden en las afueras de las principales ciudades. En muchos hogares se combinan el miedo, la tristeza y una sensación de agotamiento profundo. Al mismo tiempo, persiste una determinación social de no ceder territorio ni soberanía.
Distintos organismos internacionales estiman que millones de ucranianos se encuentran desplazados dentro del país o refugiados en Europa. Para quienes permanecen en Kiev, el desafío diario es adaptarse a una guerra que ya no parece un episodio excepcional, sino un contexto prolongado que reconfigura proyectos de vida, estudios y trabajo.
Mientras las negociaciones diplomáticas siguen sin avances concretos, la población se mueve entre la esperanza de una salida política y el temor a que el conflicto se prolongue aún más. En las charlas de vestuario, en la cola de la barbería o al apagar las luces por un nuevo corte, la pregunta es la misma: ¿cuánto tiempo más se podrá sostener este desgaste?.



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