Paradojas del amor contemporaneo– Por Sofia Comollo Psicóloga-Psicoanalista M.P 6275 y Bnejamín Prieto Piragine Psicólogo-Psicoanalista M.P 777.

«Temen al amor porque crea un mundo que no pueden controlar». G. Orwell
Hace años que se repite que vivimos en una época en la que nadie quiere comprometerse, donde el matrimonio, la familia y los vínculos estables parecen reliquias del pasado. A simple vista, los datos parecen confirmar esta impresión: menos bodas, más divorcios, vínculos breves, convivencias evitadas, hijos postergados o descartados. Es cierto que todavía hay personas que eligen —conscientemente— permanecer solas, sin pareja, y otras que aún apuestan por relaciones duraderas, incluso por el casamiento y la construcción de un vínculo sostenido en el tiempo. Pero ya no son mayoría.
Hoy predominan dos grandes tendencias. Por un lado, quienes directamente huyen del compromiso: relaciones cortas, deseo inmediato, viajes, realización personal, libertad sin anclas. “No me ato a nadie” es la consigna. El trabajo, el desarrollo espiritual o la autoexploración reemplazan a la pareja. Por otro lado, están quienes buscan vincularse, pero bajo formas más blandas: vínculos abiertos, sin hijos, sin convivencia, sin grandes promesas. Se sigue hablando de amor, pero ya sin proyecto común, sin renuncia, sin entrega. Todo debe ser liviano, reversible, cómodo. Ambos caminos —el de la no-pareja y el de la pareja “flexible”— comparten una misma lógica: no ceder ante el deseo del otro, no negociar demasiado, no pagar el precio del compromiso.
Todo lo que implique postergar el goce personal se vuelve sospechoso. La fidelidad ya no se piensa en relación al otro, sino como fidelidad a uno mismo. Y si algo duele, molesta o exige, se corta. Porque sufrir no es opción. O eso nos han hecho creer. Hoy lo que aparece —contradiciendo al viejo refrán “el que no arriesga no gana”— es que quien menos apuesta gana, quien menos da más se “cuida”. Parece que todos y todas nos estamos protegiendo de algo… pero no sabemos bien de qué. En otras palabras, pareciera que nadie quiere amar realmente.
Ahora bien, ¿es esto así? ¿La gente no quiere amar? ¿Antes se amaba más? ¿De qué se están protegiendo? ¿Por qué no se quiere —o no se puede— comprometerse? ¿Es esto bueno o malo? ¿Saludable o preocupante desde una perspectiva anímica y subjetiva? Durante mucho tiempo creímos que el amor era una víctima de las estructuras sociales: reprimido por la religión, encorsetado por el deber matrimonial o mercantilizado por el capitalismo. Hoy, en un mundo que proclama la libertad individual, el empoderamiento y la autenticidad (“ser uno mismo”), parecería que el amor ha sido liberado de esas viejas ataduras. Nadie está obligado a casarse ni a tener hijos. El deseo no se esconde. La gente puede “elegir” estar sola, vivir en pareja, abrir la relación o no tener ninguna. Sin embargo, el panorama actual no parece más hospitalario con el amor. De hecho, cada vez más personas se sienten solas, confundidas, incapaces de entregarse del todo.
¿Qué está pasando? Tal vez haya que dar un paso atrás y revisar una tesis incómoda: que el amor siempre fue una amenaza. Que no fue el capitalismo el que excluyó al amor —como tantas veces se repite hoy día—, sino que cada época inventó sus propias estrategias para contener eso que lo desestabiliza todo. Porque el amor —el verdadero, no su simulacro— altera el orden, desborda los límites del yo, introduce incertidumbre, pérdida, locura. Amar no es solo desear; es exponerse, tambalear, dejar de tener el control. Las religiones antiguas lo sabían: por eso condenaban el deseo, regulaban el cuerpo, castigaban la pasión. El amor era peligroso porque desviaba al sujeto del camino recto. La cultura también intentó domesticarlo: lo insertó en la institución matrimonial, lo moldeó con roles y deberes, lo convirtió en promesa y contrato. Pero, paradójicamente, cuanto más se intentaba dominarlo, más se escapaba: aparecía en la clandestinidad, en el adulterio, en los márgenes. El amor real, el que no se podía organizar ni planificar, quedaba siempre fuera de escena.

Hoy, los discursos cambiaron. El mandato ya no es casarse, sino ser libre. Ya no se impone el deber conyugal, sino la fidelidad a uno mismo. Sin embargo, la amenaza persiste. El amor —ese que implica entrega, pérdida, transformación— sigue sin tener lugar. Si bien ya no se lo reprime, pero se lo edulcora. Ya no se lo encierra en un matrimonio obligatorio, pero se lo ahoga en una oferta infinita de opciones y en una lógica de consumo afectivo, donde todo vínculo debe aportar algo, rendir, no molestar demasiado.
El amor pasó de estar prohibido a estar pasado por agua. Pasó de ser “rojo” a “rosado”. En ese sentido, la operación del capitalismo no fue solo defensiva, sino creativa: no solo dejó afuera al amor (el amor como compromiso total), sino que creó un amor que pudiera entrar. Lo que hoy circula como “amor” muchas veces no es más que una experiencia de consumo emocional. Se busca alguien que “sume”, que “aporte”, que “potencie” el proyecto individual. Y si no suma, estorba. Pero el problema no es solo externo.
También hay una estructura subjetiva en juego. Amar a alguien —como lo definió Lacan— es dar lo que no se tiene a alguien que no es: una definición que desarma toda lógica de intercambio equilibrado, de contrato o reciprocidad funcional. Amar es, en ese sentido, improductivo. Detiene el tiempo, interrumpe la eficiencia, desorienta al sujeto que, en lugar de seguir invirtiendo en su propio proyecto, se deja afectar por la presencia del otro. El amor no garantiza beneficios. De hecho, puede significar pérdida: de tiempo, de recursos, de autonomía, de imagen. Por eso, en una época en la que toda experiencia debe justificarse por su rentabilidad —económica, simbólica o emocional—, el amor aparece como una anomalía. Una rareza. Algo que no entra (y nunca entró, o solo en unos pocos) en los cuadros de Excel de la vida contemporánea. No genera rédito, ni likes, ni CVs mejorados. Es un agujero en el tejido del discurso dominante, un punto ciego, un Real —en el sentido lacaniano— que incomoda porque no se deja colonizar por la lógica del mercado. En un mundo que valora la autonomía, la eficiencia, la imagen, el amor verdadero resulta profundamente inútil. No produce. No monetiza. No se puede mostrar sin perder su intimidad. Y lo que no sirve, se descarta.
Todos los discursos más celebrados hoy —el amor propio, el empoderamiento, la autosuficiencia emocional, la libertad de elección— no hacen más que funcionar como nuevas defensas frente al amor….y con razón!. El sujeto conoce, por experiencia propia o ajena, o por lo que la historia nos ha enseñado, los peligros de una entrega total. El amor no siempre trajo felicidad. A veces trajo sometimiento, abandono, abuso, desequilibrio. Y ese fracaso produjo un desencanto profundo. Un corte. Una sospecha. Desde ahí, muchos discursos contemporáneos se alzaron como formas de defensa frente a esa promesa rota: el feminismo, con su denuncia de las desigualdades históricas en los vínculos amorosos; el movimiento Me Too, con su revelación de cómo el amor y el deseo fueron muchas veces excusas para el abuso y la violencia; incluso las nuevas éticas del autocuidado, del amor propio, del “priorizarme a mí” antes que entregarme a otro, pueden leerse como respuestas frente a ese desencanto. Frente a tanto dolor, la conclusión parece lógica: “me cuido, me protejo, no me entrego más sin garantías”. De ahí los esfuerzos actuales por bajar al amor del pedestal. No se busca renunciar a él del todo, pero sí vivirlo con más fluidez, con menos compromiso, con menor intensidad. Es por eso que, hoy en día, cuando el amor se manifiesta intensamente, adquiere el cariz de algo “tóxico”.
Ahora bien, esto que puede ser hasta una estrategia lógica del sujeto, del cuidado de la salud mental propia, puede acarrear dolores y problemas, algo que se escucha e interpreta en la clínica, pero que también resuena en las conversaciones entre amigos, en las redes sociales, etc. Claramente no está mal cuidarse o quererse, sino que el problema en algunos casos es que ese “cuidado” se vuelve clausura, un blindaje afectivo. La consigna “primero yo” puede esconder un temor profundo: el de perderse en el otro, de entregarse sin garantías, de salir herido. Amar, como decía Freud, es siempre un riesgo, tiene un costo (el sujeto se vuelve vulnerable).

Entonces, ¿cuál es el costo de no arriesgarse? Porque no amar o amar livianamente tampoco es gratis. Vivimos una época de vínculos cada vez más frágiles, más livianos, más reversibles. Parejas que funcionan como alianzas tácticas, acuerdos funcionales entre dos proyectos individuales. Relaciones que existen sólo si pueden mostrarse, disfrutarse, venderse como contenido. Soledades que no buscan un otro, sino más tiempo para el yo, para su desarrollo, su optimización, su gestión emocional. Y en ese paisaje, muchas veces el dolor no viene del exceso de amor, sino de su ausencia. Del simulacro. De no haber vivido nada real sino solo algo “artificial”, “virtual”. Y cuando se vive evitando el dolor, también se evita la vida. Lo que queda es una especie de anestesia afectiva: nada duele demasiado, pero nada conmueve tampoco. Esta anestesia afectiva no solo implica la incapacidad de sentir o conmoverse, sino que, paradójicamente, puede producir una actitud hostil o agresiva, porque convierte al otro en una amenaza permanente. La coraza que se arma para no sufrir también genera desconfianza, y desde allí puede surgir una forma de agresividad preventiva o reactiva que puede lastimar al otro. Por eso, aunque es comprensible no querer exponerse, también es importante reconocer que protegerse en exceso tiene consecuencias. No hay experiencia subjetiva sin riesgo. No hay transformación sin pérdida. El amor (y el desamor) puede doler, sí, pero su ausencia también. Y ese vacío —ese dolor que no se nombra porque “no pasó nada”— es, en muchos casos, lo que más angustia genera. Porque habla de una vida no vivida. De una historia que no se escribió. De un deseo que no se animó a aparecer. La paradoja es clara: ni estando solos estamos con nosotros mismos, ni en pareja estamos con el otro. Porque tanto la soledad como la compañía están mediadas por lógicas de consumo, visibilidad y rendimiento afectivo. Lo que se evita no es el sufrimiento del desamor, sino el desgarro de haberse jugado. Pero al evitar ese dolor, también se evita la vida, lo que trae consigo otro dolor.
Pero este no es el único peligro que nos trae la contemporaneidad. Hay otro efecto menos visible, aunque igual de preocupante que trae consigo la banalización del amor: la creciente crueldad vincular que muchas veces se disfraza de libertad emocional. En nombre de la autonomía, del disfrute sin ataduras y de la “fluidez”, se ha instalado una cultura donde, al ser los afectos tratados como objetos de consumo, se deteriora el lazo con uno mismo y con el otro. Porque aunque se hable de vínculos “livianos”, el contacto humano no es liviano nunca del todo. Acostarse con alguien, abrirle la intimidad a otro cuerpo, compartir una emoción, una noche, una expectativa, no es algo menor. Cada encuentro, por fugaz que sea, deja una huella. Y cuando se multiplican esos encuentros sin elaboración, sin cuidado, sin consideración por el otro, algo se desgasta en uno mismo y algo se daña en el otro. Estamos en una época en la que se vuelve común hablar de “ghosting”, de “banear”, de cortar vínculos de un día para otro como si no pasara nada. Pero sí pasa. Aunque se disfrace de estrategia de autocuidado, muchas veces eso también es indiferencia, desresponsabilización afectiva, deshumanización del otro. Y el problema no es solo la soledad que eso genera, sino la insensibilidad que produce: se puede volver habitual no tener en cuenta al otro, no pensar en cómo impacta lo que uno hace, decir que “no fue para tanto” cuando para el otro sí lo fue. Esa falta de registro afectivo es una forma de violencia blanda, sutil, pero igual de corrosiva.
Lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia. Y hoy, muchas veces, el vínculo humano queda atrapado entre estos dos extremos: o se evita por completo para no sufrir, o se lo trivializa al punto de no implicarse en absoluto. Y en ambos casos, se pierde lo más valioso del amor: la capacidad de tocarnos mutuamente, de dejarnos afectar, de asumir que cuando se vinculan dos personas, nunca es un juego sin consecuencias. Quizás, entonces, la pregunta no sea “por qué cuesta tanto amar hoy”, sino por qué seguimos temiéndole tanto al amor. ¿Por qué tanta defensa, tanta estructura, tanta racionalización? ¿Qué pasaría si aceptáramos que amar implica perder algo —y que no hay experiencia subjetiva verdadera sin pérdida? Porque al final, lo que más nos angustia no es el dolor del amor, sino ese otro dolor más silencioso: el de no haber amado nunca. El de haber pasado por la vida sin dejarse tocar. Como decía una canción: “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca sucedió.” Y es que tal vez, al final, el amor no haya sido nunca lo que pensamos. No es un ideal que nos salva, ni un contrato que nos asegura nada. Es, en todo caso, una interrupción, un gesto de locura, una decisión sin garantías. Por eso es tan difícil. Por eso es tan subversivo. Y por eso, también, vale la pena.
Creo que está claro que no se trata de empujar a nadie hacia un compromiso absoluto ni hacia una entrega ciega. Nadie está obligado a amar, ni a formar pareja, ni a exponerse si no lo desea. Es comprensible —y muchas veces legítimo— que algunas personas teman al amor y a sus riesgos. Porque sí: el amor verdadero puede implicar pérdida, dolor, desequilibrio. Y frente a ese riesgo, elegir una vida más solitaria o vínculos más livianos puede ser una decisión razonable, incluso necesaria en ciertos momentos de la vida. Pero también es importante advertir que esas formas de cuidado —cuando se vuelven defensas rígidas— pueden transformarse en clausura. El miedo a sufrir puede llevarnos, sin darnos cuenta, a renunciar a lo que también nos da vitalidad, profundidad y sentido. Amar implica exponerse, sí, pero no amar o amar solo desde la superficie también tiene un costo: el de una existencia anestesiada, sin verdadero contacto, sin conmoción. No se trata de idealizar el amor, ni de condenar la libertad emocional, sino de invitar a pensar: ¿qué estamos dejando afuera cuando solo buscamos seguridad? ¿Qué deseo callamos cuando todo lo filtramos por el miedo a perder? Tal vez, al final, lo que más duele no es haber amado y perdido, sino no haberse permitido amar del todo. Una vida sin amor o con un amor frívolo puede traer seguridad y tranquilidad, sí, ¡sin duda! pero también puede resultar en una existencia vacía, insípida y sin emoción. Como decía Eco en El nombre de la rosa:
“Qué tranquila sería la vida sin amor, Adso… pero qué insulsa.”



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